jueves, 4 de octubre de 2007

Gnosticismo de Giordano Bruno


Nos cuenta el estudioso Pedro M. Pruna Goodgall , respecto a la obra de Giordano Bruno : " Aun cuando muchos todavía creen que fue quemado en la hoguera porque defendía a ultranza el heliocentrismo copernicano, lo cierto es que Bruno aceptó el modelo de Copérnico por razones que no eran precisamente astronómicas: quería establecer una nueva religión, una religión panteísta, una religión donde Dios y el Mundo se confunden en una existencia infinita y eterna, la de un universo sin término, pero racionalmente estructurado y concebido. Este modelo bruniano fue recreado años más tarde por Spinoza. Leibniz se inspiró en su combinatoria -el Ars Magna luliano, reinterpretado a la luz de la Cábala y el simbolismo gnóstico. Schelling bebió del trascendentalismo místico que de él transpiraba; y -!O paradoja!- pudieran hallarse ecos lejanos de la doctrina bruniana hasta en algunas ideas de Theillard de Chardin.

...El Ser de la ontología bruniana es Dios confundido o inmerso en el Mundo, e inseparable de él. Bruno acude al panteísmo para escapar de la dualidad aristotélica que postula la existencia de un Dios que se halla fuera del Mundo; transforma el hilozoísmo, de raíces presocráticas y hasta animistas, para explicar el movimiento, el cambio: como Dios está en el Mundo, el Mundo todo, desde lo más pequeño a lo más grande, está animado, dotado de vida y de inmortalidad. El Mundo de Bruno es el Universo todo, todo lo que existe, todo lo que es. Es el Todo. Y ese Dios-Mundo, a diferencia de la deidad aristotélica, es realmente omnipotente. Tal omnipotencia se interpreta por Bruno como la posibilidad de todo lo posible. De ahí que la existencia de un número infinito de mundos diversos no pudiese negarse, al menos como posibilidad, sin negar al propio tiempo la omnipotencia divina. De ahí, también, que las discusiones teológicas con Bruno se demoraran siete años, antes de que se resolvieran por el principio de la autoridad, la mordaza y el suplicio. Lamentablemente, los documentos de este prolongado juicio han desaparecido, de otra manera pudieran haber sido un excelente ejemplo de las conclusiones a que puede llevar la dialéctica de lo posible, dentro de una ontología panteísta.
El eterno retorno y la metempsícosis, que parecen temas ajenos a la filosofía europea, se unen a otros muchos rasgos del hermetismo, en sentido lato, que tienen -por así decir- un tinte oriental, y ello es válido tanto para sus primeras manifestaciones, en el período helenístico, como para sus expresiones renacentistas. Pero tanto los ciclos históricos, como la transmigración de las almas son perfectamente congruentes con la doctrina panteísta de Bruno y con su dialéctica de lo posible.
La elaborada teología de raíz aristotélica enunciada por Tomás de Aquino, y admirada por Giordano Bruno por su carácter concatenado y consistente, era insuficiente para contener la nueva visión metafísica del universo que Bruno proponía. El Nolense estaba convencido de que sus ideas eran un complemento de la doctrina cristiana y que, una vez entendidas, podían ser asimiladas tanto por católicos, como por protestantes. Lejos de considerarlas heréticas, Bruno veía en ellas la esperanza de la unidad religiosa; la única base posible para una verdadera teología natural."

De este modo el pateísmo ofrecido en un primer momento por Bruno, no es sino el anticipo de el Gnosticismo Cristiano, bastante primitivo y trastocado ciertamente en los días oscuros de su siglo. Bruno como tantos otros, no fué sino un visionario que supo comprender que la única salida ecuménica al problema de los dogmas cristianos podían ser resueltos a partir de un "Retorno a las fuentes", de un rescate de la esencia gnóstica de la doctrina. Pocos ciertamente pudieron comprender aquello.



Prosigue el Sr. Pruna:" Pero Bruno tenía que buscar un marco adecuado y una justificación histórica para sus creencias. No bastaba el carácter indudablemente añejo del atomismo y el hilozoísmo. Había un cuerpo doctrinal que, a juicio de los pensadores del Renacimiento, era anterior incluso a los filósofos griegos, y contemporáneo quizás del Moisés bíblico. Su autor era Hermes Trimegistos, legendario personaje semidivino, conocido ya como el autor del Libro Esmeralda de los alquimistas. Hermes gozaba de un prestigio comparable, si no superior, al del propio Pitágoras. Marsilio Ficino, al traducir del griego buena parte del corpus hermético, en el siglo XV, había descubierto en él la más antigua premonición del cristianismo, anterior -según creía- al Antiguo Testamento.
En realidad, bajo la autoría de Hermes Trimegistos se incluía una serie de obras de inspiración gnóstica y neoplatónica, escritas en Alejandría, entre los siglos I y IV de nuestra era. Alejandría, donde se incubó una cultura sincrética, mezcla de doctrinas griegas, judías, cristianas y de los residuos de la antigua religión egipcia, fue también cuna de la alquimia y de una nueva versión de la astrología, base de las actuales creencias astrológicas. El corpus hermético (muy vinculado con la astrología y el gnosticismo), la numerología pitagórica, una serie de ideas de Platón (sobre todo las contenidas en el Timeo), varios conceptos de Plotino, Proclo y otros neoplátonicos, las jerarquías de la Cábala judía (sobre todo las contenidas en el libro de Zohar, compuesto en España en el siglo XIII), las teorías alquimistas sobre la transformación de las sustancias, y algunas concepciones de libros árabes de magia -sobre todo el Picatrix (libro del siglo XI sobre talismanes, conjuros y otros temas, traducido en España, en el siglo XIII)- constituyen los componentes esenciales de la abigarrada y heterodoxa corriente que se ha dado en llamar hermética, dentro del pensamiento europeo de los siglos del XV al XVII. Desde Paracelso hasta Leibniz y Newton, la ciencia europea -como la literatura (en especial la utópica) y el arte- no será ajena, en mayor o menor medida, a concepciones herméticas. Giordano Bruno aporta a las "técnicas" de esta corriente su interpretación del Ars Magna que, de cierta manera, constituye una nueva forma de encripción-descripción de la realidad, lejanamente emparentada con el liber mundi galileano, escrito -como se sabe- en signos geométricos."



Finalicemos recordando que Bruno ha sido por mucho tiempo honrado como mártir de la verdad científica. En 1889 se le erigió un monumento en el lugar de su ejecución. Tal era el sentimiento por Bruno, que los científicos y los poetas le rindieron tributo y se escribió un libro detallando el trabajo de toda su vida. En una dedicatoria para una reunión celebrada en el Club Contemporáneo en Philadelphia en 1890, el poeta americano Walt Whitman escribió: “Como las valerosas mentes de América (el pensamiento viene a mí hoy) deben tanto, sobre todo estas tierras y sus gentes, al noble ejército de mártires del pasado del Viejo Mundo, a nosotros incumbe que despejemos las vidas y limpiemos los nombres de esos mártires, y los abracemos en reverente admiración como al faro que nos guía con su luz. Y propio de esto, y representando esto, todo esto quizás, Giordano Bruno bien puede ser tenido, hoy y en el porvenir, en el mayor de los agradecimientos de la memoria y el corazón del Nuevo Mundo” .



Bruno fue arrestado el 23 de mayo de 1592, interrogado sobre sus trabajos filosóficos, y el 27 de enero de 1593 entregado a la Inquisición en Roma por petición directa del nuncio papal, Taverna, actuando en nombre del papa Clemente VIII.
Durante su detención en Roma lo interrogaron por siete años sobre todos los aspectos de su vida y de sus opiniones filosóficas y teológicas. El 15 de febrero de 1599 la Inquisición encontró a Bruno culpable de ocho actos específicos de herejía, los que la Iglesia no ha revelado hasta ahora. Según los limitados documentos disponibles, Bruno fue procesado por sus opiniones “ateas” y por la publicación de “La expulsión de la bestia triunfante”. Él se negó a retractarse.
La Inquisición entregó su veredicto el 20 de enero de 1600: “Por este medio, en estos documentos... pronunciamos sentencia y declaramos al antedicho hermano Giordano Bruno un impenitente y pertinaz hereje, y en vista de haber incurrido en todas las censuras y dolores eclesiásticos del Canon santo... Ordenamos y mandamos que debe ser enviado a la corte secular... que puedas ser castigado con el castigo merecido, si bien nosotros solemnemente rogamos que él (el gobernador romano) atenúe el rigor de las leyes referentes a los dolores de tu persona, que tú no estés en peligro de muerte o mutilación de tus miembros.
“Además, condenamos, reprobamos y prohibimos todo lo por ti mencionado y tus otros libros y escritos por heréticos y erróneos, conteniendo muchas herejías y errores, y nosotros ordenamos que todos los que han llegado o puedan llegar en el futuro a manos de la oficina santa sean destruidos y quemados públicamente en la Plaza San Pedro y ellos colocados en el índice de Libros Prohibidos” .
A pesar de la nota falsa de preocupación por el bienestar físico de Bruno, el veredicto de la Inquisición era una sentencia de muerte. Bruno fue desafiante hasta el final. Gaspar Schopp de Brelau, un reciente converso al catolicismo y testigo del enjuiciamiento, declaró que Bruno exclamó al oír la sentencia: “Quizá ustedes, que pronuncian mi sentencia, tienen más miedo que yo, que la recibo” .

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