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miércoles, 4 de agosto de 2010

LOS ANTIGUOS GNÓSTICOS Y EL CRISTIANISMO PRIMITIVO


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Soy la voz del despertar en la noche eterna

(Himno gnóstico)

El Gnosticismo: ¿Herejía u Ortodoxia?

El Gnosticismo, doctrina filosófico-religiosa de los gnósticos, es la enseñanza basada en la gnosis, término griego que significa literalmente conocimiento. Obviamente, en este caso, se trata del conocimiento sagrado (o Sophia).

Durante mucho tiempo, fue mostrado como una herejía, una simple secta del cristianismo: primero habría existido el cristianismo, con su teología, y solo después habría surgido la herejía gnóstica. Von Hartman, un historiador alemán de finales del siglo XIX, aún consideraba que los gnósticos, interpretando la doctrina cristiana a la luz de la filosofía griega, distorsionaron aquel mensaje y propagaron formas falsas de la enseñanza cristiana.

Con el desarrollo del estudio de la Historia de las Religiones, esta perspectiva fue abandonada, pasando a dejar clara y resuelta la idea de que el gnosticismo es un fenómeno básicamente precristiano y un movimiento religioso independiente. En el comienzo del siglo XX, Wilhelm Bousset declaró que “el gnosticismo es antes que nada un movimiento precristiano con raíces en sí mismo. Deberá por tanto ser entendido (....) en sus propios términos y no como una excisión o derivado de la religión cristiana.” 1. Walter Bauer publicó en 1934 una obra que reconocía que “originalmente, ciertas manifestaciones de vida cristiana que los autores de la Iglesia denuncian como herejías, no habían sido nada de tal género, siendo por el contrario las únicas formas de la nueva religión; esto es, en esas regiones, eran simplemente el cristianismo”. 2


Los descubrimientos de Nag-Hammadi – Una nueva perspectiva

En 1945, un campesino encontró, en Namag-Hammadi, una pequeña localidad del Alto Egipto, un gran jarro de cerámica conteniendo 12 libros de papiro encuadernados en cuero. En total fueron descubiertos 52 textos. Después de largas investigaciones, los estudiosos llegaron a la conclusión de que los papiros tenían cerca de 1500 años y eran traducciones en copto de manuscritos aún más antiguos. Las fechas de los textos originales están estimadas entre los años 50 y 180 de nuestra Era. Se cree que los manuscritos fueron enterrados alrededor del siglo IV, cuando, en la época de la conversión del Emperador Constantino, los obispos católicos pasaron al poder y desencadenaron una campaña, por momentos muy violenta y falta de escrúpulos, contra las llamadas herejías. 3

El descubrimiento de estos textos inició una época de investigación completamente nueva, iluminando las raíces y los orígenes del Cristianismo, que difieren de la versión que el poder vigente quiso hacernos llegar. La mayor parte de esta literatura es netamente cristiana; sin embargo, algunos textos se aproximan a la tradición judáica y otros a las tradiciones hindú y budista. En su conjunto, tales escrituras apuntan a la idea de que los gnósticos fueron los primeros y verdaderos cristianos, encontrándose entre aquellos que mejor comprendieron el mensaje más profundo del Señor. Teniendo en cuenta la importancia de los Esenios y grupos semejantes en la formación del Cristianismo primitivo, hay que hacer notar que Helena Blavatsky, en el volumen III de su obra “Isis sin Velo”, sugiere que los gnósticos serían los esenios: cuando éstos últimos desaparecieron, los gnósticos surgieron y afirmaron su doctrina.

De manera que, el Gnosticismo deberá ser entendido como un penetrar en la cara oculta del Cristianismo, comprendiendo, no solo sino además, las enseñanzas destinadas a aquellos espiritualmente maduros y capaces de penetrar en los Misterios. En uno de sus libros más maravillosos, el “Cristianismo Esotérico”, Annie Besant declara que, de la misma forma que todas las tradiciones religiosas, el Cristianismo tiene un lado secreto destinado a apenas solo a algunos, pues “las religiones son dadas al mundo por hombres más sabios que las masas que los reciben. Son destinadas a acelerar la evolución humana, y su acción, para ser efectiva, debe alcanzar e influenciar individualmente a los hombres. Ahora, no todos los hombres alcanzarán el mismo grado de evolución (...). Es, por lo tanto, inútil querer dar a todos la misma enseñanza religiosa (...). Una religión debe de ser graduada como la propia evolución, si no jamás alcanzará su fin.”

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Las propias palabras del Maestro son claras y explícitas: “Y cuando se halló sólo, los que estaban junto a él con los doce apóstoles le preguntaron acerca del sentido de esta parábola. El les dijo: A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios mas, a los que son de afuera, todas estas cosas son dichas a través de parábolas”. “Así, les anunciaba la palabra mediante muchas parábolas semejantes, según lo que eran capaces de oir. El no les hablaba sino por parábolas, pero cuando estaba en privado, les explicaba todo a sus discípulos”. 4

Algunos de los propios padres de la Iglesia habían reconocido incluso la existencia de una doctrina oculta. San Clemente de Alejandría escribió que “el Señor permitió que participasen de esos Misterios divinos los que fueran capaces de recibirlos. Ciertamente El no reveló a muchos lo que a esos muchos no pertenecía, sino a los pocos a quienes sabía que pertenecía, los que eran capaces de recibirlos y de amoldarse de acuerdo con ellos” 5. Y así, en cuanto los ortodoxos dependían exclusivamente de las enseñanzas públicas y exotéricas que Cristo y los Apóstoles proporcionaban a muchos, la mayor parte de los cristianos gnósticos poseían su conocimiento secreto, conocido solamente por unos pocos. Nótese que los gnósticos aquí retratados no se refieren a ninguno de los movimientos autodeterminados gnósticos, sino a hombres auténticamente sabios como Valentín, Basílides, Marción y Simón el Mago, entre otros.

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Gnosis – autoconocimiento como conocimiento de lo divino

La gnosis es el conocimiento espiritual y sagrado, correspondiente al Gupta-vidya de los hindús, la visión con los ojos del alma o percepción espiritual, y solo puede ser alcanzado a través de la Iniciación en los Misterios Espirituales. 6

Para los gnósticos, la gnosis es (era) esencialmente un proceso de autoconocimiento como conocimiento de Dios.

Abandonad la búsqueda de Dios y de la creación y demás cuestiones de índole semejante. Conseguidlo tomándoos a vosotros mismos como punto de partida. Aprended qué es lo que, dentro de vosotros, hace suyo todo cuanto existe y decid: “ Dios mío, mi razón, mi pensamiento, mi alma, mi cuerpo”. Aprended las fuentes de la tristeza, de la alegría, del amor, del odio (...). Si investigaseis cuidadosamente estas cuestiones, descubrireis a Dios en vosotros mismos. 7

El hombre que se conoce a sí mismo, al más profundo nivel, conoce simultáneamente a Dios y para de hacer.

Golpead a la puerta que sois y caminad por la linea recta que sois. Pues si caminaseis por la línea, será imposible que os extravieis (...). Abrid la puerta por vosotros mismos, de manera que podais llegar a conocerla (...). Todo aquello que abrieseis por vosotros mismos, lo abrireis efectivamente. 8

Mientras tanto, la idea, explicitada por Annie Besant en la “Sabiduría de los Upanishads”, de que la Naturaleza del Espíritu Universal también se encuentra en nosotros mismos, de que el Atman o Yo más interno, que es (uno con) Brahman conoce la manifestación externa de Brahman, contribuye a la comprensión del Reino de Dios referido en el Evangelio de Tomás. Tal como el Espíritu Universal se encuentra en nosotros y fuera de nosotros, es posible conocer el Reino de Dios dentro de nosotros, a través del autoconocimiento, y fuera de nosotros, a través del conocimiento de las leyes que rigen el Cosmos, siendo éstas el Pensamiento Divino encarnado. De hecho, el reino se encuentra dentro de vosotros, y a la vez se encuentra fuera de vosotros. Cuando llegueis a conoceros, sereis entonces conocidos, y percibireis que sois los hijos del Padre vivo. 9

En este viaje de autodescubrimiento la mente es nuestro guía fiel y la razón nuestro maestro: (...) forjad vuestro guía y vuestro maestro. La mente es el guía, pero el maestro es la razón. Vivid de acuerdo con vuestra mente (...). Adquirid fuerza, pues la mente es fuerte (...). Encended la lámpara que teneis dentro de vosotros. 10

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La Resurrección como Iniciación

La Resurrección de Cristo no era interpretada de una forma literal sino simbólica. Ella simbolizaba la forma como era posible experimentar la presencia de Cristo a un nivel espiritual; ella es el momento de la iluminación, el momento en que se alcanza la gnosis. Sobre este asunto, el Tratado sobre la Resurrección dice:

No supongan que la resurrección es una aparición. (...). En vez de eso lo que deberíamos de sostener es que es el mundo que constituye una aparición y no la resurrección. Esta es una revelación de aquello que en verdad existe y una migración para lo nuevo.11

El autor de este texto considera la existencia humana normal como una muerte espiritual y que, a través de la Resurrección, el hombre se vuelve espiritualmente vivo. En el “Evangelio de Felipe” encontramos presente la misma idea:

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Tú viste el Espíritu, tú te convertiste en el Espíritu. Tú viste al Cristo, tú te convertiste en el Cristo. Tú viste al Padre, tú te convertiste en el Padre... 12

“Para los cristianos de los primeros siglos, Cristo era el símbolo vivo de la propia divinidad en ellos, el fruto glorioso del germen que ellos forjaban en su propio corazón. La doctrina del Cristianismo Esotérico no era la salvación por un Cristo exterior, sino la glorificación y la perfección de todos en el Cristo interior.” 13

El Cosmos

De la misma manera que la tradición hindú, la filosofía gnóstica se asienta en la concepción de un Dios Absoluto, la Divinidad Suprema, Transcendente a todo el universo manifestado. Este Dios es El único Señor y Dios (...). Pues no fue generado (...). Por consiguiente, en la acepción debida, el único Padre y Dios es aquél que no fue generado por nadie. 14

La Raíz de Todo, el Inefable que reside en la Mónada. Reside por sí sólo en el silencio (...) ya que, al final, El era una Mónada, y nadie existió antes que El. 15

En el “Libro de Melquisedec”, del Evangelio del Mar Muerto, se nos da una magnífica descripción del Dios Inmanifestado:

Antes de que existiese una estrella brillando, antes de que hubiese ángeles cantando, ya había un cielo, el hogar del Eterno, el único Dios. Perfecto en Sabiduría, Amor y Gloria, el Eterno vivió una eternidad, antes de concretizar Su bello sueño, la creación del Universo. Los incontables seres que componen la creación fueron, todos, ideados con mucho amor. Desde el ínfimo átomo a las gigantescas galaxias, todo mereció Su suprema atención.

Valentín, uno de los más sabios entre los gnósticos, comienza su exposición filosófica con la premisa de que Dios es esencialmente indescriptible: nada se puede decir acerca de su Seidad pues el mismo concepto está mucho más allá de nuestra comprensión. No en vano sugiere que el Divino puede ser considerado como una deidad “consistiendo, por un lado, en el Inefable, la Profundidad, el Padre Primordial; y, por otro lado, en la Gracia, el Silencio, el Vientre y la Madre-de Todo”. La misma idea puede encontrarse en dos textos más recientemente hallados, “o Protenoia Trimórfico” (literalmente, el “Pensamiento Primordial Triplemente Formado”):

Yo soy Protenoia, el Pensamiento que reside en la Luz (...). La que existe antes que Todo (...). Yo soy la percepción y el conocimiento, y emito una Voz a través del Pensamiento. 16

Yo soy Andrógino, Yo soy tanto Padre como Madre, ya que copulo conmigo mismo (...). Yo soy el vientre que da forma al Todo. 17

En la Gran Anunciación, el origen del Universo es explicado de la siguiente forma:

Del poder del Silencio surgió un gran poder, la mente del Universo, que genera todas las cosas, y que es un varón (...), el otro es una gran Inteligencia (...) es una hembra que produce todas las cosas. 18

Helena Blavatsky, al describir las filosofía de Basílides, otro gran sabio gnóstico, nos dice que él afirmaba que el “Padre desconocido, Eterno y No Creado, dió nacimiento en primer lugar al Nous, la Mente, Esta emanó de sí misma al Logos. El Logos (el “Verbo” de Juan) emanó a su vez a las Phrónesis, las Inteligencias. De las Phronesis nació Sophia, la Sabiduría femenina, y Dynamis, la fuerza. Tales fueron los atributos personificados de la misteriosa Divinidad, el quinterno gnóstico, que simboliza a las cinco sustancias espirituales, aunque inteligibles, las virtudes personales o los seres exteriores de la Divinidad desconocida. Esta es una idea eminentemente cabalística; y más todavía es budista.”19

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A través del estudio y el análisis comparativo de todas las grandes tradiciones religiosas llegamos, necesariamente, a la conclusión de que no son más que las vestiduras externas de aquélla que es la Religión Universal, la Sabiduría de “todos los tiempos y lugares”. Incluso en este artículo, tratándose de una pequeña introducción, podemos verificar que las semejanzas del sistema filosófico-religioso gnóstico con las tradiciones hindú, budista y judaica son evidentes. Es importante, por consiguiente, mostrar al mundo, enfermo y herido a causa de su propia ignorancia, que la unidad de todas las religiones es un hecho y que es posible que todas las naciones de la Tierra se respeten y vivan bajo la misma bandera, la bandera de la Eterna Sabiduría.

Ana Isabel Neves


1 W. Bousset, Kyrios Cristos; traducción inglesa, 1913

2 W Bauer, Orthodoxy and Heresy in Earliest Christianity, 1971

3 Originalmente, una herejía nada más significaba un grupo; pero, gradualmente, el significado adicional se unió a la palabra y se convirtió en un grupo que profesaba una doctrina falsa.

4 S. Marcos IV, 10, 11, 33, 34; S. Mateo XIV, 11, 34, 36,; S. Lucas VIII, 10

5 Stromata, Libro I, cap.28

6 Blavatsky, Glosario Teosófico

7 Hipólito, REF 8.15.1-2

8 Enseñanzas de Silvano 106.30-117.20, NHL

9 Evangelio de Tomás 32-19-33.5, NHL

10 Enseñanzas de Silvano, 85.24-106.14, NHL

11 Tratado de la Resurrección 48.10-16, NHL

12 Evangelio de Felipe, 61.29-35, NHL

13 Annie Besant, El Cristianismo Esotérico

14 Tratado Tripartito, 51.24-25.6, NHL

15 Una exposición Valentina, 22.19-23, NHL

16 Protenoia Trimórfica 35.1-24, NHL

17 Protenoia Trimórfica 45.2-10, NHL

18 Hipólito, REF 6.18

19 Helena Blavatsky, Isis sin Velo

martes, 8 de diciembre de 2009

Cristología Gnóstica: El Cristo Místico

Ya nos acercamos a ese aspecto más profundo de la historia del Cristo que le da su más positiva influencia sobre los humanos corazones. Ya nos acercamos a esa vida eterna que brota de manantial invisible, y cuya espléndida corriente de tal modo envuelve a su representante, que deslumbra a los mortales y los agolpa en torno suyo, antes dispuestos a repeler aún los mismos hechos históricos, que a rechazar una verdad que como esencia de la vida superior intuitivamente reconocen. Nos acercamos al sagrado recinto de los Misterios, donde levantaremos una punta del velo que oculta el santuario.
Hemos visto que retrocediendo a la antigüedad cuan lejos es posible, siempre encontramos reconocida en todas partes la existencia de una enseñanza oculta, de una doctrina secreta transmitida por los Maestros de Sabiduría en condiciones rigurosas y ceñidas a candidatos aprobados. Eran estos candidatos iniciados en "Los Misterios", nombre que en la antigüedad comprendía, según hemos visto, lo más espiritual de la religión, lo más profundo de la filosofía, lo más valioso de la ciencia. Por estos Misterios pasaron todos los grandes Instructores de los tiempos antiguos, entre los cuales eran los más grandes los Hierofantes. Los que se dieron a la luz del mundo para hablar del Universo invisible, atravesaron antes el portal de la Iniciación y aprendieron allí el secreto de los Santos Seres de sus propios labios; todos ellos vinieron acompañados de la misma historia de la cual son versiones los mitos solares, idénticos en sus rasgos esenciales, y distintos sólo en el color local.
Esta historia es en su origen la del descenso del Logos a la materia; y el Dios Sol es su símbolo propio, puesto que el Sol es su Cuerpo, por lo que con frecuencia se le señala como "Aquel que mora en el Sol". Bajo cierto aspecto, el Cristo de los Misterios es el Logos que desciende a la materia, siendo el gran Mito del Sol la enseñanza popular de esta verdad sublime. Como en los casos anteriores, el Divino Maestro que trajo la Antigua Sabiduría y la publicó de nuevo en el mundo, fue considerado como una manifestación especial del Logos, y así fueron sucesivamente aplicadas al Jesús de las Iglesias las narraciones pertenecientes a este gran Ser; de este modo vino a quedar identificado en el lenguaje cristiano, con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Logos o la palabra de Dios (1) , y los acontecimientos salientes referidos en el mito del Dios Sol, vinieron a ser los acontecimientos salientes de la historia de Jesús, considerado como la Divinidad encarnada, el "Cristo mítico". Y así como en el macrocosmo, o sea el Cosmos, el Cristo de los Misterios representa al Logos, o Segunda Persona de la Trinidad, así también en el microcosmo, o sea el individuo humano, representa el segundo aspecto del Espíritu Divino en el hombre; por donde en éste se le llame "el Cristo" (2) . El segundo aspecto del Cristo de los Misterios es, pues, la vida del Iniciado, la vida en que se entra a la gran Iniciación primera; durante ella, el Cristo nace en el hombre, y más tarde se desarrolla en él. Para comprender esto mejor, se hace preciso examinar las condiciones que al candidato a la Iniciación se imponen, y estudiar además la naturaleza del Espíritu del hombre.
Sólo aquéllos podían considerarse candidatos a la Iniciación que fuesen ya buenos, según entienden la bondad los hombres, conforme a la medida estricta de la ley. Puros, santos, sin mancha, libres de pecado, su vida sin trasgresión, eran frases empleadas para señalarlos (3). Debían también ser inteligentes, tener bien desarrollado su entendimiento y ser bien educados (4). La evolución realizada en el mundo, una vida tras otra, por el desarrollo y amaestramiento de los poderes mentales, de las emociones y del sentido moral, por las enseñanzas adquiridas de las religiones esotéricas, por el cumplimiento de los deberes y por el esfuerzo hecho para ayudar y elevar a los demás, cosa ésta perteneciente a la vida ordinaria del hombre que está en curso de desenvolverse. Cuando todo esto se ha logrado, el hombre se ha hecho "un hombre bueno" –el Chrîstos de los griegos- y todo esto ha de alcanzar, antes que pueda ser el Christos, el Ungido. Después que ha llegado al colmo de la vida buena exotérica, está a punto de ser candidato a la esotérica, y entonces comienza a prepararse para la Iniciación, mediante el cumplimiento de determinadas condiciones.
Estas condiciones señalan los términos de los atributos que debe adquirir, y en tanto trabaja para darles vida, va andando por el Sendero Probatorio, que así suele llamarse el Sendero que conduce a la "Puerta Estrecha", más allá de la cual está el "Camino Angosto" o "'Sendero de Santidad": el "Camino de la Cruz". No es indispensable que lleve a la perfección el desarrollo de estos atributos, pero sí que haya hecho ciertos progresos en todos ellos, para que el Cristo pueda nacer en él. Tiene que preparar una morada pura para el Divino Niño que en él ha de desarrollarse.
De estos atributos, mentales y morales todos, es el primero el Discernimiento; significa esto que el aspirante debe poner por obra el apartar en su mente lo Eterno de lo Temporal, lo Real de lo Ilusorio, lo Verdadero de lo Falso, lo Celestial de lo Terreno. "Las cosas que se ven son temporales" -dice el Apóstol- "mas las cosas que no se ven son eternas" (5). Viven los hombres constantemente sometidos al espejismo de lo que se ve, el cual los ciega para lo que no se ve. El aspirante debe aprender a distinguirlos, de modo que lo que para el mundo no es real, sea real para él, y lo que es real para el mundo, le aparezca ilusorio; pues sólo así es posible "andar por fe, no por vista" (6). Y así también debe el hombre llegar a ser uno de aquellos a quienes señalaba el Apóstol como de edad cumplida, aquellos, "que, por la costumbre, tienen ya los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal" (7). Seguidamente este sentido de la falta de realidad ha de producir en él Disgusto por lo ilusorio y pasajero, meras cortezas de la vida, impropias para satisfacer el hambre, a no ser el hambre de los cerdos (8).
Esta etapa del desarrollo se halla enérgicamente presentada por Jesús con su lenguaje enfático, encaminado a impresionar vivamente el ánimo de su auditorio, en estas palabras: "Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, y mujer e hijos, y hermanos y hermanas, y aun también su vida, no puede ser mi discípulo" (9). Dura es, en verdad, esta sentencia, y, sin embargo, de semejante aborrecimiento, traído al discurso como antítesis de los afectos egoístas y exclusivos, tales como los entiende el mundo, ignorante de la Unidad Suprema que todo lo funde en un afecto único y sumo, habrá de surgir un día un amor más profundo y verdadero; etapa es ésta ineludible en el camino hacia la "Puerta Estrecha". Luego el aspirante debe adquirir el Dominio de sus pensamientos, lo que le llevará al Dominio de sus acciones, pues para el ojo interno es el pensamiento lo mismo que la acción: "Cualquiera que mira la mujer para codiciarla, ya adulteró con ella su corazón" (10). También ha de lograr el Sufrimiento, pues los que aspiran a andar "el Camino de la Cruz", tienen que afrontar penalidades amargas y duraderas, y deben apercibirse para sostenerse en ellas "como viendo al invisible" (11).
A esto añadirá la Tolerancia, si quiere ser hijo del Padre "que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos el Equilibrio descrito por el Apóstol (12). Finalmente, debe adquirir la Fe, para la cual nada hay imposible (13). Además, debe sólo buscar “las cosas de arriba” (14) y aspirar con ansia a la bienaventuranza de la visión de Dios y de su unión con El (15).
El hombre que ha logrado estas cualidades en su carácter, es tenido por apto para la Iniciación, y entonces los Guardianes de los Misterios le abren la Puerta Estrecha. Así, y sólo así, logrará ser el candidato dispuesto. Ahora bien; el Espíritu que en el hombre mora, es don de la Suprema Deidad, que en sí contiene los tres aspectos de la Vida Divina (Inteligencia, Amor, Voluntad), por ser imagen de Dios. A medida que evoluciona, desarrolla en primer lugar el aspecto Inteligencia, esto es, desarrolla el intelecto, lo cual se verifica, en la vida ordinaria del mundo.
Realizado esto en alto grado, y unido al desarrollo moral, se eleva el hombre a la condición de candidato. El segundo aspecto del Espíritu es Amor, y su evolución es la evolución del Cristo. Este desarrollo se obtiene en los Misterios verdaderos; la vida del discípulo constituye el Drama del Misterio, y las Grandes Iniciaciones señalan sus diversos actos. Para mostrar los Misterios en el plano físico, se acostumbraba representarlos de un modo dramático, ajustándose las ceremonias, bajo muchos respectos, "al modelo" siempre seguido "en la Montaña", como sombras de las grandiosas Realidades del mundo espiritual: única cosa perceptible en tiempos degenerados.
Es, pues, doble el concepto del Cristo Místico: el Logos, la Segunda Persona de la Trinidad en su descenso a la materia, y el Amor, o el segundo aspecto del Espíritu Divino desarrollándose en el hombre. El uno representa procesos cósmicos que han tenido lugar en el pasado: es la raíz del Mito Solar. El otro representa un proceso que se realiza en el individuo, la etapa final de su evolución humana: es el origen de muchos de los pormenores del Mito. Ambos contribuyeron a las narraciones evangélicas, y juntos constituyen la Imagen del "Cristo Místico".
Consideremos primero al Cristo Cósmico, la Divinidad envuelta en materia, la encarnación del Logos, el Dios hecho carne. Cuando la materia que había de formar nuestro sistema solar fue separada del océano infinito de materia que llena el espacio, la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, vertió su vida en ella para animarla y, en su consecuencia, hacerla apta para ser modelada. Esta función, o sea el agregarle y el darle forma, corresponde a la vida del Logos, la Segunda Persona de la Trinidad, la cual se sacrificó, imponiéndose las limitaciones de la materia, y constituyéndose en el "Hombre Celeste", en cuyo Cuerpo todas las formas existen, como partes integrantes suyas. Esta era la historia cósmica mostrada en los misterios a modo de drama -se entiende en los verdaderos Misterios, donde se representa conforme ocurrió en el espacio, pues en los Misterios del plano físico se representa por medios mágicos o de otra especie, y a veces con la intervención de actores.
Los procesos escritos están expuestos con gran claridad en la Biblia. Cuando el "Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas", las tinieblas reinaban "sobre la haz del abismo" (16); el gran abismo de materia no exhibía forma alguna, estaba vacío; era el principio. La Forma la dio el Logos, el Verbo, del cual está escrito: "Todas las cosas por El fueron hechas; y sin El nada de lo que se ha hecho, fue hecho" (17). C. W. Leadbeater lo ha expresado muy bien: "El resultado de esta gran emanación primera (el "movimiento" del Espíritu) es el despertamiento de esa admirable y gloriosa vitalidad que compenetra toda la materia y electriza sus átomos en los diversos planos, los cuales, por más inertes que aparezcan a nuestra turbia mirada física, desarrollan, en su virtud, toda suerte de atracciones y repulsiones, antes latentes, y entran en combinaciones de todo género" (18).
Sólo cuando esta obra del Espíritu se hubo terminado, pudo el Logos, el cósmico Cristo Místico, revestirse de materia, entrando en el que es, a la verdad, el vientre de la Virgen, la matriz de la Materia, virgen todavía, -improductiva. Esta materia había sido vivificada por el Espíritu Santo, el cual, cobijando a la Virgen, vertió en ella Su vida, disponiéndola así para recibir la vida del Segundo Logos, que "tomó esta materia para vehículo de sus energías. Esta es la encarnación del Cristo, su hacerse carne- "Tú no desdeñaste el vientre de la Virgen."
En las versiones latina e inglesa del texto original griego del Credo de Nicea, han sido cambiadas las preposiciones de la frase que describe este aspecto del descenso, con lo cual se "ha cambiado también su sentido. El original dice: "y fue encarnado del Espíritu Santo y de la Virgen María"; mas la traducción dice: "y fue encarnado por el Espíritu Santo de la Virgen María" (19). El Cristo "tomó forma, no de la materia "Virgen" solamente, sino de la materia ya impregnada y palpitante con la vida del Tercer Logos (20), de modo que entrambas, vida y materia, Le envuelven como una vestidura" (21).
Este es el descenso del Logos a la materia, descrito como el nacimiento del Cristo de una Virgen; en el Mito Solar se convierten en el nacimiento del Dios Sol, cuando aparece el signo de Virgo. Comienzan luego los esbozos de la obra del Logos en la materia, simbolizados con propiedad en la infancia de que habla el mito. Sus majestuosos poderes se someten a todas las debilidades de la infancia, manifestándose muy poco a través de las tiernas formas que anima. La materia aprisiona y aun parece amenazar de muerte a su Rey niño, cuya gloria está velada por las limitaciones que se ha impuesto. Mas El la moldea lentamente en prosecución de altos fines, y la eleva a la virilidad, y se extiende entonces sobre ella en cruz, para verter desde allí todos los poderes de Su entregada vida. Este es el Logos de quien dijo Platón que estaba en forma de cruz sobre el universo; este es el Hombre Celeste, fijo en el espacio, los brazos extendidos en actitud de echar bendiciones; este es el Cristo crucificado, cuya muerte sobre la Cruz de la materia, la llena toda con Su vida. Muerto al parecer realmente y sepultado; mas se levanta de nuevo, revestido de la materia misma en que pareció sucumbir, y eleva al cielo Su ya resplandeciente cuerpo, y allí recibe la fluyente vida del Padre, y se constituye en vehículo de la vida inmortal del hombre, cuya alma el Logos envuelve a Su propia vida, haciéndole cesión de ella para que pueda existir a través de las edades, y desarrollarse y crecer hasta lograr Su misma estatura. En verdad, de El estamos revestidos, primero de un modo material, y después espiritualmente. El se sacrificó para llevar muchos hijos a la gloria, y con nosotros está siempre, hasta la consumación de los siglos.
Así, pues, la crucifixión de Cristo es parte del gran sacrificio cósmico; y la representación alegórica de él en los Misterios físicos, y el sacro símbolo del hombre crucificado en el espacio fueron materializados en una muerte real por crucifixión, y en un crucifijo con una forma humana moribunda; después esta historia, convertida ya en la historia de un hombre, fue aplicada al Divino Maestro Jesús, viniendo a ser la historia de Su muerte física; así como el nacimiento de una Virgen, la infancia rodeada de peligros, la resurrección y la ascensión vinieron también a ser incidentes de Su vida humana. Los Misterios desaparecieron, pero sus grandiosas y gráficas representaciones de la obra cósmica del Logos circundaron y realzaron la muy amada figura del Maestro de Judea; y así, el Cristo cósmico de los Misterios, con el perfil del Jesús histórico, llegó a constituir la Figura Central de la Iglesia Cristiana.
Pero no fue esto todo; faltaba el último toque para hacer arrebatadora la figura del Cristo, y éste lo dio a su historia otro Cristo de los Misterios, íntimo y caro al corazón del hombre: el Cristo del Espíritu humano, el Cristo que está en todos nosotros, que nace, vive, y es crucificado, y resucita de entre los muertos, y sube a los cielos en cada "Hijo del Hombre" sufrido y triunfante.
La biografía contenida en los Evangelios es la relación de la vida de todos los iniciados en los verdaderos Misterios, en los Misterios celestes, consignada en sus rasgos más prominentes. Por eso habla San Pablo, como hemos visto (22), del nacimiento del Cristo en el discípulo, y de Su evolución y completo crecimiento en él. Cada hombre es un Cristo en potencia, y el desarrollo de la vida del Cristo en un hombre sigue los rasgos de la historia evangélica en sus más notables incidentes, los cuales son universales, y no particulares, según hemos observado.
Cinco grandes Iniciaciones (o primer recorrido de las Montañas) hay en la vida de un Cristo, cada una de las cuales señala una etapa en el desarrollo de la Vida de Amor. En la actualidad se imponen, como en los tiempos antiguos; y la última determina el triunfo final del hombre que ha trascendido la naturaleza humana, que ha logrado la divina, que se ha convertido en Salvador del mundo.
Vamos a dar un bosquejo de la historia de esta vida, repetida una y otra vez en las existencias que se entregan a la espiritualidad, y veremos cómo el iniciado va pasando por la vida del Cristo.
A la primera gran Iniciación el Cristo nace (como asomo de la Consciencia, no en plenitud) en el discípulo; entonces, por vez primera, encuentra en sí mismo la explicación de lo que significa el saturarse del Amor divino, pues experimenta el maravilloso cambio de sentirse uno con todo lo que alienta. Esto es el "Segundo Nacimiento", por el cual se regocijan las huestes celestiales, pues él ha nacido en "el reino de los cielos", como un "pequeñuelo", como "un niño", nombres siempre atribuidos a los nuevamente iniciados. Esto significan las palabras de Jesús, de que un hombre tiene que volverse niño para entrar en el reino de los cielos (23).
Gran sentido tiene lo dicho .por algunos de los primitivos escritores cristianos de que Jesús "nació en una cueva" -"establo" en la narración evangélica. La "Cueva de la Iniciación " es una frase antigua muy conocida, y el Iniciado nace siempre en ella; sobre esta cueva, "donde está el tierno niño", brilla la "Estrella de la Iniciación", la Estrella que aparece al Oriente siempre que nace un niño Cristo. Cada uno de estos niños está rodeado de peligros y amenazas, extraños riesgos que no corren otros niños, pues aquéllos están ungidos del crisma del segundo nacimiento, y los Poderes Tenebrosos del mundo invisible ponen todo su empeño en destruirlos. Mas, a despecho de todas sus asechanzas, alcanzan la virilidad, porque el Cristo, una vez nacido, no puede perecer; una vez comenzado su desarrollo, tiene que llegar al término de su evolución; y su preciosa vida se ensancha y crece, y su sabiduría y talla espiritual van siempre en aumento, hasta que le llega la hora de recibir la segunda gran Iniciación -el Bautismo del Cristo por el Agua y el Espíritu-, que lo invierte de los poderes necesarios, para ser Maestro y ofrecerse al mundo, y trabajar en él como "el Hijo muy Amado".
Entonces desciende sobre él en amplia medida el Espíritu divino, y la gloria del Padre invisible in envuelve con sus irradiaciones purísimas; pero a partir de este momento de dicha suprema, es llevado por el Espíritu al desierto, y puesto una vez más a prueba de fieras tentaciones. Pues como entonces los poderes del Espíritu están desenvolviéndose en él, los Seres Tenebrosos hacen esfuerzos para deslumbrarlo y apartarle de su camino, procurando seducirlo con sus poderes mismos, a fin de que los emplee en provecho propio, en vez de entregarse a su Padre con paciente confianza. En las rápidas y súbditas transiciones que ponen a prueba su fortaleza y su fe, el Tentador encarnado murmura en sus oídos tan pronto como ha sonado la voz del Padre, y las ardientes arenas del desierto abrasan sus pies, poco antes bañados en las frescas aguas del río Santo. Vencedor de estas tentaciones, pasa al mundo de los hombres, para ayudarlos con el ejercicio de los poderes que no quiso emplear en la satisfacción de sus necesidades; y el que se resistió a convertir en pan una piedra, para calmar sus apremiantes deseos, alimenta "a cinco mil hombres, más las mujeres y los niños", con unos cuantos panes.
En su vida de sacrificio incesante goza de otro breve período de gloria: sube "a una alta Montaña apartada" -la sagrada Montaña de la Iniciación-, y allí se transfigura, y se reúne con algunos de sus grandes Predecesores, los Seres Poderosos de los antiguos tiempos, que anduvieron los caminos que él está andando. De este modo pasa por la tercera gran Iniciación, y entonces se le aparece la sombra de su Pasión cercana, a pesar- de la cual, rechazando las palabras tentadoras de uno de sus discípulos, se dirige con firmeza a Jerusalén, donde le aguarda el bautismo del Espíritu Santo y del Fuego.
Después del Nacimiento, la persecución de Herodes; después del Bautismo, la tentación en el desierto; después de la Transfiguración, la sombra del último trance en el Camino de la Cruz. Las pruebas siguen a los triunfos hasta que se alcanza la meta. Sigue aún creciendo la vida de amor, más completa y perfecta cada día, y cada vez con mayor notoriedad sigue el Hijo del Hombre apareciendo como el Hijo de Dios, hasta que, acercándose el momento de la lucha final, la cuarta gran Iniciación lo lleva en triunfo a Jerusalén, a la vista de Getsemani y del Calvario. En esa hora es el Cristo dispuesto a ser ofrecido, pronto para el sacrificio de la cruz. Tiene que afrontar entonces la amarga agonía del Jardín, cuando hasta sus elegidos duermen, mientras él, en la zozobra de su mortal angustia, ruega por un momento que la copa sea apartada de sus labios; pero al fin triunfa su voluntad poderosa, y, extendiendo su brazo, coge la copa y la apura, en tanto que un el se le aparece en su soledad y le fortifica, como hacen los ángeles siempre que ven un Hijo del Hombre abrumado bajo el peso de su agonía. Al salir de allí, otras bebidas amargas se le ofrecen: la traición, la negación, el abandono; y solo entre enemigos que le escarnecen, entra en la prueba extrema.
Atormentado por el dolor físico, herido por la espina cruel de la duda, despojado de sus hermosas vestiduras de pureza a los ojos del mundo, entregado en manos enemigas, y abandonado, al parecer, de Dios y los hombres, sufre con paciencia cuanto le sucede, esperando con ansia alguna ayuda en el último trance. Expuesto todavía al sufrimiento, crucificado para morir a la vida de la forma, para desprenderse de toda la vida que al mundo inferior corresponde, rodeado de enemigos triunfantes que se burlan de él, se ve envuelto por el último horror del negro abismo, y allí, en la oscuridad, se encuentra enfrente de todas las fuerzas del mal; su visión interna ha cegado; se siente solo, completamente solo; hasta el punto de que su corazón valiente, sumido en la desesperación, grita a su Padre, de cuyo amparo se considera privado; y su alma humana, en absoluto aislamiento, experimenta la terrible agonía de la aparente derrota.
Sin embargo, reuniendo toda la fuerza del "invencible espíritu", se desprende de la vida inferior, cuya muerte acepta voluntariamente; y abandonando el cuerpo de deseo, el Iniciado "desciende a los infiernos", para no dejar sin recorrer región alguna del universo donde pueda prestar su ayuda, para que no haya nadie tan proscrito que no pueda alcanzar su amor, que todo lo abarca. y luego, surgiendo de las tinieblas, ve la luz una vez más, se siente de nuevo el Hijo inseparable de su Padre, se eleva a la vida que no tiene fin, radiante con la conciencia de haber afrontado y vencido a la muerte, poderoso para auxiliar en todo extremo a cualquier hijo de hombre y capaz de derramar su vida en toda alma atribulada. Permanece algún tiempo entre sus discípulos para instruirlos, revelándoles los misterios de los mundos espirituales, y preparándoles además para hollar el sendero que él ha seguido; y agotada su vida terrestre, sube a su Padre, y en la quinta gran Iniciación se convierte en Maestro triunfante (en realidad en la Quinta Iniciación de Misterios Mayores el adepto se torna en un Buda; pero como se profundizará en los estudios gnósticos la verdadera Cristificación solo se consigue en lo que esotéricamente se denomina “La Tercera Montaña” que son pasos más allá de la Quinta Iniciación de Misterios Mayores), lazo entre Dios y el hombre (En este punto decisivo de la iniciación el Adepto debe elegir entre una vida de sosiego en el Nirvana o ascender más mediante el Sacrificio Desinteresado por el Prójimo).
Tal es la historia realizada en los verdaderos Misterios de los tiempos antiguos y modernos, y representada dramáticamente por medio de símbolos en los Misterios del plano físico, mitad velados, mitad manifiestos. Tal es el Cristo de los Misterios en Su doble aspecto cósmico e individual. Logos y hombre. ¿Es, pues, de maravillar, que esta historia, vagamente sentida por el místico, aun cuando la ignore, se haya enredado en el corazón, y haya servido de inspiradora a toda vida noble? El Cristo del corazón es, para la mayor parte, Jesús considerado como el Cristo místico humano, luchando, sufriendo, muriendo y, al fin, triunfando: el Hombre en quien la humanidad se ve crucificada y vuelta a la vida, cuyo triunfo es promesa de victoria para todo aquel que, como El, sea leal en la muerte y aun más allá: Cristo que jamás será olvidado mientras nazca una y otra vez entre los hombres, y el mundo necesite Salvadores, y los Salvadores se entreguen por el mundo.
Notas del presente post:
(1) Véase sobre este punto el principio del Evangelio de San Juan I, 1- 5. El nombre de Logos, adscrito al Dios manifestado, dando forma a la materia -"todas las cosas fueron hechas por El"- es platónico, y por tanto, se deriva directamente de los Misterios; siglos antes de Platón se usaba entre los hindúes la palabra Vák, Voz, derivada del mismo origen.
(2) Annie Besant; “Cristianismo Esotérico” pág. 82.
(3) Ibid, pág. 64.
(4) Ibid, pág. 59.
(5) II. Cor., IV, 18.
(6) Ibid, V, 7.
(7) Heb.. V, 144.
(8) San Lucas, XV, 16.
(9) Ibid. XIV, 26.
(10) San Mateo, V, 28.
(11) Heb., XI, 27.
(12) II. Cor., VI, 8-10.
(13) San Mateo, XVII, 20.
(14) Col., III, I.
(15) San Mateo, V, 8 y San Juan, XVII, 21.
(16) Gen. I, 2.
(17) San Juan I, 3.
(18) The Christian Creed, pág. 29. Es éste un librito de los más valiosos e interesantes, que versa sobre el significado místico de las creencias.
(19) The Christian Creed, pág. 42.
(20) Otro nombre del Espíritu Santo.
(21) Ibid, pág. 43.
(22) Antes, pág. 82.
(23) S, Mateo XVIII, 3.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Cristología Gnóstica: El Cristo Mítico


Hemos visto en qué forma se han aplicado los estudios de la Mitología Comparada a la destrucción de las religiones; pues bien; algunos de sus más demoledores ataques se han dirigido en contra del Cristo. Su nacimiento de una Virgen en "Navidad", la matanza de los inocentes, sus milagros y enseñanzas, su crucifixión, resurrección y ascensión, acontecimientos todos de la historia de su vida, se hallan también consignados en las narraciones de otras vidas, y en su consecuencia, se rechaza su existencia histórica, por considerarse tales identidades como imposibles. Por lo que hace a los milagros y a las enseñanzas, contestaremos en breves palabras. La mayor parte de los grandes Maestros han realizado hechos que en el plano físico aparecen como milagros a los ojos de sus contemporáneos, pero que los ocultistas reconocen como fenómenos naturales, producidos mediante el ejercicio de poderes que desarrollan todos los Iniciados que están por encima de cierto grado. Y por lo que respecta a las enseñanzas de Jesús, confirmamos que no son originales; pero cuando los profesores de Mitología Comparada creen haber probado que ninguna procede de inspiración divina, porque las mismas doctrinas morales salieron de los labios de Manu, de los de Buda y de Jesús, el argumento les da en el rostro, pues precisamente repitió Jesús las enseñanzas de sus predecesores, porque era un mensajero de la misma Logia. Las profundas verdades del Espíritu divino y humano eran tan ciertas veinte mil años antes de que Jesús naciera en Palestina, como después que nació; y decir que el mundo estuvo abandonado sin estas enseñanzas, y que el hombre fue entregado a las tinieblas morales desde el principio del mundo hasta hace veinte siglos, es asegurar que hubo una humanidad sin Maestros, hijos sin Padre, almas humanas que clamaban por luz en una oscuridad que ninguna respuesta les daba: conceptos todos tan blasfemos de Dios como desesperantes para el hombre; conceptos a que dan un mentís solemne las apariciones de Sabios tales, así como la potente literatura, las nobles vidas de las edades sin cuento anteriores a la venida de Cristo.
Reconociendo, pues, en Jesús, al gran Maestro de occidente, al Mensajero enviado por la Logia para dirigir el mundo occidental, vamos a examinar la dificultad que ha destruido esta creencia en el ánimo de mucha gente. ¿Cómo es que se encuentran en las religiones anteriores al Cristianismo las festividades conmemorativas de la vida de Jesús? ¿Cómo se celebran en aquéllas idénticos acontecimientos aplicados a las vidas de otros Maestros?
La Mitología Comparada, que en los tiempos modernos ha encaminado la atención pública hacia estos asuntos, cuenta apenas un siglo de existencia, pues tuvo origen cuando aparecieron la Historia Abreviada de los Diversos Cultos, de Dulaure, el Origen de todos los Cultos, de Dupuis, el Panteón Hindú, de Moor, y el Anacalypsis, de Godfrey Higgins. A estas obras siguieron otras muchas, cada vez más científicas y severas en la recolección y comparación de los hechos, hasta el punto de llegar a hacer imposible que una persona culta se atreva tan siquiera a discutir las identidades y semejanzas que por todos lados se ponen de manifiesto. Ya no se encuentran cristianos dispuestos a sostener que los símbolos, ritos y ceremonias del Cristianismo sean únicos, a excepción -ni hay que decirlo- de la gente ignorante, pues aun vemos la sencillez de las creencias mano a mano con la ignorancia de los hechos. Pero aparte de esta gente, no encontramos, ni siquiera entre los cristianos más devotos, quien niegue que el Cristianismo tenga mucho de común con religiones más antiguas. Después de todo, es bien sabido que en los siglos "siguientes a Cristo" tales semejanzas eran cosa corriente, no haciendo, pues, la moderna Mitología Comparada más que repetir con gran precisión lo que en la Iglesia primitiva universalmente se reconocía. Justino Mártir, por ejemplo, atestó sus obras de referencias a las religiones de su tiempo; y si cualquier moderno impugnador del Cristianismo desease hacer numerosas citas de los casos en que las enseñanzas cristianas son idénticas a las de religiones más antiguas, no encontraría seguramente depósito más abundante de ellas que los escritos de los apologistas del siglo segundo. Citan ellos enseñanzas, narraciones y símbolos paganos, y alegan que la identidad que con éstos tienen los cristianos, debería ser motivo bastante para que los últimos no fuesen rechazados desde luego como increíbles. Justino Mártir da de esta semejanza una razón muy curiosa que, a la verdad, no encontrará muchos valedores en los tiempos modernos. Dice así: "Los que enseñan los mitos formados por los poetas, no exponen prueba alguna a los jóvenes que los aprenden. Nosotros demostraremos que son debidos a la influencia de los demonios perversos, atentos a engañar y descarriar a la especie humana. Sabedores éstos de los anuncios de los profetas sobre la futura venida de Cristo y sobre el castigo de los malvados por el fuego, crearon muchos hijos de Júpiter, con la intención de despertar en los hombres la idea de que las cosas dichas de Cristo eran cuentos de maravillas, ni más ni menos que las que los poetas decían..." Y los diablos, por cierto, cuando oyeron al profeta publicar la ablución, indujeron a los que iban a sus templos y les rendían culto con libaciones y holocaustos, a que también se rociasen; y asimismo hacen que se laven por completo antes de marcharse..." "La cual (la Cena del Señor) han imitado los malvados diablos en los misterios de Mithra, ordenando que se haga lo mismo..." (1).
"En cuanto a mí, cuando descubrí el perverso disfraz que los malos espíritus habían puesto a las divinas enseñanzas de los cristianos, para impedir que otros las aceptasen, me eché a reír" (2).
Como se ve, pues, las semejanzas eran tenidas por obra de los demonios, copias de los originales cristianos, ampliamente difundidas por el mundo antes del Cristianismo, en previsión de su venida y con el fin de crearle obstáculos.
Cosa escabrosa es sin duda y difícil de aceptar, eso de que las enseñanzas más antiguas sean copias, y sus originales las aducidas en época relativamente moderna. Pero, así y todo, no tratamos de discutir con Justino Mártir sobre si las copias precedieron al original o el original a las copias, contentándonos con aceptar su testimonio respecto de la existencia de estas identidades entre las creencias que florecían en su tiempo en el Imperio romano y la nueva religión que estaba comprometido a defender.
Con la misma sencillez se explica Tertuliano al afrontar la objeción que por aquel entonces se hacía también al Cristianismo, de que "las naciones extrañas a toda inteligencia de los poderes espirituales, atribuían a sus ídolos la inmersión en agua como igualmente eficaz." "Así lo hacen -contesta con toda franqueza-, pero ellos se engañan a sí mismos con aguas que son viudas. La ablución es el medio por el cual son iniciados en algunos ritos sagrados de cierta Isis o Mithra conocidos; y a los Dioses mismos honran con abluciones.
En los juegos Apolinarios y Eleusinos son ellos bautizados; y suponen que esto tiene por efecto regenerarlos y remitirles las penas debidas a sus perjurios. y al par que reconocemos la realidad del hecho, reconocemos también el celo del demonio en emular las cosas divinas, pues hace practicar el bautismo a los que le están sujetos" (3).
Para desatar el nudo de estas semejanzas, vamos a estudiar el Cristo Mítico, el Cristo de los mitos o leyendas solares; pues estos mitos constituyen las formas pictóricas en que ciertas profundas verdades fueron dadas al mundo.
Ahora bien; un "mito" no es lo que se imagina la mayor parte de la gente, esto es, una historia fantástica fundada en un hecho real, y aun ajena por completo a toda realidad. Un mito contiene bastante más realidad que una historia; pues una historia es sólo narración de sombras, mientras que un mito hace referencia de las substancias que proyectan esas sombras.
Como lo de arriba, así es lo de abajo; y primero es lo de arriba, y lo de abajo después.
Existen grandes principios, conforme a los cuales nuestro sistema está constituido; existen ciertas leyes que regulan el desarrollo de estos principios en detalle; existen grandes Seres cuya constitución son los principios, y sus funciones las leyes; existen huestes de entidades inferiores que actúan como vehículos de estas funciones: son agentes, instrumentos; y vienen, por último, los Egos humanos, que, mezclados con todos ellos, son copartícipes en el desenvolvimiento del gran drama cósmico. Estos diversos trabajadores de los mundos invisibles proyectan sus sombras sobre la materia física, y estas sombras son "cosas"; los cuerpos, los objetos de que el universo físico está constituido. Las sombras dan sólo una pobre idea de los objetos que las lanzan, bien así como lo que aquí abajo llamamos sombras, dan una idea muy pobre de los objetos que las producen; son meras siluetas de fondo oscuro, desprovistas de pormenores, con longitud y latitud, pero sin profundidad.
Es la historia una narración muy imperfecta, y a veces desconcertada, de la danza de estas sombras en el mundo umbrío de la materia física. El que haya visto funcionar una linterna mágica y haya hecho comparación de lo ejecutado por un hábil jugador detrás del lienzo con lo que sobre él es percibido, podrá obtener una vívida idea de la naturaleza ilusoria de las acciones umbrosas y deducir de ello analogías no descaminadas
El mito refiere cómo se mueven los que hacen las sombras, y el lenguaje usado para ello es lenguaje de símbolos. Así como nosotros tenemos palabras que significan cosas -ejemplo, la palabra "mesa", que es símbolo de un objeto conocido de cierta especie- así los símbolos significan objetos de planos más elevados. Cada uno con su significación propia, constituyen un alfabeto pictórico, el cual emplean todos los escritores de mitos.
Todo símbolo lleva adaptada la designación de determinado objeto, a la manera con que las palabras se usan entre nosotros para distinguir una cosa de otra; por tanto, el conocimiento de los símbolos es necesario para la lectura de los mitos. Los expositores originales de los grandes mitos son siempre Iniciados, hechos a manejar el lenguaje simbólico y a emplearlo, por de contado, de un modo invariable y reconocido.
Cada símbolo tiene un significado principal y además otros varios subalternos que guardan relación con el primero.
Por ejemplo, el Sol es el símbolo del Logos, y éste es su significado principal o primario. Pero también significa una encarnación del Logos, o sea de los grandes Mensajeros que Lo representan temporalmente, al modo que un embajador representa a su Rey. Los altos Iniciados que para misiones especiales toman carne humana y viven entre los hombres por algún tiempo, como Directores o Maestros, son designados por el símbolo del Sol; pues aunque éste no sea su símbolo propio en un sentido individual, se convierte en tal por razón de su cargo.
Todos los Seres a quienes este símbolo designa, se distinguen de un modo notorio: sus condiciones características son especiales; determinadas las situaciones por que pasan; singulares las acciones que ejecutan. El Sol es la sombra física o cuerpo del Logos, y así se le llama; de aquí que su curso anual en la naturaleza sea un reflejo de la actividad del Logos, en la forma parcial en que una sombra es capaz de representar la actividad del objeto que la proyecta. En suma: es el curso anual del Sol la sombra del Logos, "del Hijo de Dios", cuando desciende a la materia; y esta es la significación del Mito Solar.
De aquí procede, también, el que cualquiera encarnación del Logos o sea uno de Sus altos emisarios, represente asimismo en su cuerpo mortal esa actividad, a manera de sombra. Por esto han de producirse necesariamente las semejanzas que se ofrecen en las historias de esos emisarios; y, consiguientemente, donde se note la falta de tales identidades, está la prueba de que la personalidad de que se trata, no tuvo plenos poderes: su misión fue de un orden inferior.
Es, pues, el Mito Solar una narración que, representando en primer lugar la actividad del Logos o el Verbo en el Cosmos, viene en lugar secundario a resumir la vida de una individualidad que es una encarnación del Logos, uno de Sus excelsos embajadores. El Héroe del mito es presentado comúnmente como Dios o Semidios, y su vida, según se comprenderá por lo que va dicho, ha de ser trazada conforme a la carrera del Sol, que es la sombra del Logos. La parte de carrera consumida durante la vida humana es la comprendida entre el solsticio de invierno y la llegada al zenit en el verano.
El Héroe nace en el solsticio de invierno, muere en el equinoccio de primavera, y, venciendo a la muerte, se eleva en medio del cielo. A este respecto son interesantes las siguientes observaciones, aunque se refieren al mito de un modo más general, como una alegoría que semeja verdades internas: "Alfredo de Vigny ha dicho que la leyenda a veces contiene más verdad que la historia, porque la leyenda no da cuenta de los hechos, a menudo incompletos y abortivos, sino del genio mismo de los grandes hombres y de los grandes pueblos. Este hermoso pensamiento es sobre todo aplicable al Evangelio, pues en él no se contiene la mera narración de lo que ha sido, sino además el relato sublime de lo que es y de lo que siempre será. Siempre será el Salvador del mundo adorado por los reyes de la inteligencia que representan los Magos; siempre El multiplicará el pan de la eucaristía para alimento y fortaleza de nuestras almas; cuando en negra noche y en medio de la tormenta le invoquemos, vendrá siempre a nosotros, andando sobre las aguas, y extenderá siempre Su mano para ayudarnos a caminar sobre las olas; siempre acudirá en los desórdenes de nuestra mente, y devolverá a nuestros ojos la luz perdida; y luminoso y transfigurado se presentará siempre en el Tabor a sus devotos, interpretando la ley de Moisés y desplegando el celo de Elías" (5).
Ya veremos que los mitos están íntimamente relacionados con los misterios, pues parte de éstos eran la vívida representación pictórica de lo que ocurre en los más elevados mundos, la cual venía al cabo a tomar la forma de mito. En los Pseudo-Misterios las reproducciones pictóricas de los misterios verdaderos se representaban mutiladas en un drama, ejecutado por actores; y muchos de los mitos secundarios son estos mismos dramas puestos en escritura.
El amplio bosquejo de la historia del Dios Sol es muy claro: su accidentada vida se comprende dentro de los primeros seis meses del año solar; los seis restantes se dedican a la protección y conservación general. Nace siempre en el solsticio de invierno, después del día más corto del año, a la media noche del 24 de Diciembre, cuando el signo de Virgo se eleva sobre el horizonte; nacido en tal coyuntura, nace siempre de una virgen después de haber dado a luz a su Hijo Sol, como el signo celeste de Virgo sigue inmutable e inmaculado cuando el Sol surge de él en el cielo. Débil y desvalido como niño ha venido a la vida durante los días más cortos y las noches más largas –para nosotros que estamos al Norte del ecuador-, se encuentra rodeado de peligros en su infancia. El reino de las tinieblas es mucho más largo que el suyo en sus primeros días.
Pero vive a pesar de todos los peligros que le amenazan; los días se prolongan hacia el equinoccio de primavera, y llega el momento de pasar de uno a otro extremo, de cruzar -la crucifixión-, cuya fecha varía con cada año. A veces se encuentra al Dios Sol esculpido dentro del círculo del horizonte, con la cabeza y los pies tocando la circunferencia al Norte y al Sur, y, extendidos los brazos, toca con las manos el Este y El Oeste. -"El está crucificado." Después de esto se eleva triunfante y sube a los cielos, y madura el grano y el racimo, dándoles de su vida misma para que se forme su sustancia, y, mediante ella, la de sus adoradores. El Dios nacido al amanecer del 25 de Diciembre, es crucificado siempre en el equinoccio de primavera, y siempre entrega su vida para alimento de sus adoradores-. Estos son los distintivos más salientes del Dios Sol. Lo fijo de la fecha del nacimiento y lo variable de la muerte tienen significación muy grande, cuando observamos que la primera es la de una posición fija del Sol, y la segunda la de una posición variable del mismo. "La Pascua de Resurrección" es movible, y se calcula por las posiciones relativas del Sol y de la luna: cosa impropia para fijar el aniversario de un acontecimiento histórico pero muy natural e inevitable cuando se trata de calcular una festividad del Sol. Fechas variables que no indican la historia de un hombre, sino que apuntan al Héroe de un mito solar.
Estos sucesos están reproducidos en las vidas de los diversos Dioses Solares, de cuyas imágenes hay ejemplos abundantes en la antigüedad. La Isis de Egipto, como María de Bethlehem, era nuestra Señora Inmaculada, Estrella del Mar, Reina del Cielo, Madre de Dios. Representábasela de pie sobre la media luna, y coronada de estrellas, dando de mamar a su hijo Horus, y con la cruz detrás del niño sentado en la falda de su madre. El signo de Virgo del Zodíaco se encuentra representado en antiguos dibujos por una mujer amamantando un niño; éste es el tipo de todas las futuras Madonas con sus divinos hijos, el cual muestra el origen del símbolo.
Así se ve también la figura de Devaki con el divino Krishna en sus brazos, y así la de Mylitta, o Istar, de Babilonia, con la especial corona de estrellas y su hijo Tammuz en las rodillas; Mercurio y Esculapio, Baco y Hércules, Perseo y los Dioscuros, Mithra y Zarathustra, tuvieron todos nacimientos divinos y humanos.
La relación del solsticio de invierno con Jesús es también significativa. El nacimiento de Mithra se celebraba en el solsticio de invierno con grandes regocijos, y Horus nacía también por entonces: "Su nacimiento es uno de los mayores misterios de la religión (egipcia). Sus representaciones aparecían pintadas en los muros de los templos. Era el hijo de la Divinidad. En la época de las pascuas, o sea en la correspondiente a esta festividad nuestra, su imagen se sacaba del santuario con ceremonias peculiares, lo mismo que la imagen del Divino Bambino se saca y se exhibe todavía en Roma" (6).
Sobre la fijación del 25 de Diciembre como la fecha del nacimiento de Jesús, dice Williamson lo que sigue: "Todos los cristianos saben que el 25 de Diciembre es ahora el día designado para la festividad del nacimiento de Jesús, pero pocos están enterados de que no siempre ha sido así. Dícese que han habido ciento treinta y seis fechas distintas asignadas a tal hecho por las diversas sectas cristianas. Lightfoot da la del 15 de Septiembre, otros la de Febrero o Agosto. Epifanio menciona dos sectas, una que lo celebraba en Junio y otra en Julio. La cuestión fue resuelta al fin por el papa Julio I en el año 337; y San Crisóstomo escribía en 390: "Este día (esto es, el 25 de Diciembre) también se fijó últimamente en Roma para el nacimiento de Cristo, con el propósito de que mientras los paganos estuviesen ocupados en sus ceremonias (las Brumalias en honor de Baco), pudiesen los cristianos celebrar tranquilamente sus ritos." Gibbson, en su obra Decline and Fall of the Roman Empire, escribe: “Los ( cristianos) romanos, tan ignorantes como sus hermanos de la verdadera fecha del nacimiento de Cristo, fijaron la solemne festividad el 25 de Diciembre, día de las Brumalias o del solsticio de invierno, en el cual celebraban anualmente los paganos el nacimiento del Sol." King, en sus Gnostics and their Remains, dice también: "La antigua fiesta del 25 de Diciembre en honor del natalicio del Uno Invencible (7), celebrada con grandes juegos en el Circo, fue en adelante transferida a la conmemoración del nacimiento de Cristo, cuya fecha precisa confiesan muchos Padres de la Iglesia que era entonces desconocida."
Y al presente el canónigo Farrar dice que: "es inútil todo intento para descubrir el mes y día de la natividad; no existen datos con que poderlos determinar ni aun siquiera de un modo aproximado." De todo lo cual resulta que la gran festividad del solsticio de invierno se venía celebrando desde tiempos antiguos y en países apartados para honrar la memoria del nacimiento de un Dios, a quien casi invariablemente se designa como un "Salvador", y a cuya madre se llama una virgen pura. Las notables semejanzas que se han señalado, no sólo en lo que respecta al nacimiento, sino también en lo que se refiere a la vida de estos Dioses Salvadores, son demasiado numerosas para que se las considere como una mera coincidencia”. (8)
También vemos un mito relacionado con la personalidad histórica del Señor Buda. Bien conocida es la narración corriente en la India sobre su vida, donde la historia del nacimiento se presenta en forma sencilla y humana. Pero en las relaciones chinas nace de una virgen, Mayadevi con lo que el mito arcaico hace de El un nuevo Héroe.
Asimismo dice Williamson que los pueblos celtas encendían y aun encienden hogueras en las colinas el 25 de Diciembre, que entre los montañeses de Irlanda y Escocia llevan todavía el nombre de Bheil o Baaltine: esto es la denominación de su antigua Deidad, Bel, o Bal, el Dios Sol, aunque ahora las enciendan en honor de Cristo (9).
Bien pensado, las fiestas de Navidad deberán ofrecer a los amantes de Cristo nuevos motivos de santificación y de regocijo, al considerarlas como continuación de una antigua solemnidad celebrada en todo el mundo desde los tiempos más remotos.
Ciertamente, las campanas anunciadoras de tal festividad suenan a través de toda la historia humana, pues su armonioso repique sale del fondo de las tinieblas de las edades más primitivas. El sello de la verdad se encuentra en la aceptación universal, no en la posesión del exclusivismo.
Ya hemos dicho que la fecha de la muerte no es fija como la del nacimiento. La primera se calcula de conformidad con las posiciones relativas del Sol y de la Luna en el equinoccio de primavera, variando, por tanto, en cada año; y en tal relación vemos celebrarse la fecha de la muerte de todos los Héroes Solares. El animal elegido por símbolo del Héroe es el signo del Zodíaco en que está el Sol en el equinoccio primaveral del año correspondiente, el cual varía con la precesión de los equinoccios.
Oannes de Asiria tenía el signo de Piscis, el Pez, y en esta forma se le representaba. Mithra tenía el de Tauro, por lo cual figura montado en un toro; y a Osiris se rendía culto como Osiris-Apis, o Serapis, el Toro. Merodach de Babilonia era adorado como un toro, y así lo fue también Astarte de Siria. Cuando el Sol está en el signo de Aries, el carnero o cordero, vemos otra vez a Osiris como carnero, e igualmente a Astarte y a Júpiter Ammon. Este mismo animal vino a ser el símbolo de Jesús -el Cordero de Dios.
El empleo del Cordero como símbolo suyo con frecuencia puesto en la cruz, es muy común en las esculturas de las catacumbas. Sobre esto dice Williamson: "Andando el tiempo fue el Cordero representado en la cruz, hasta que el sexto concilio de Constantinopla, celebrado hacia el año 680, ordenó que en lugar del antiguo símbolo se pusiese la figura de un hombre sobre la cruz. Confirmó este canon el papa Adriano I" (10). Fue también aplicado a Jesús el muy antiguo símbolo de Piscis, y así se le encuentra pintado en las catacumbas.
La muerte y resurrección del Héroe Solar en el equinoccio de primavera o cerca de él, se encuentran tan ampliamente difundidas, como su nacimiento en el solsticio de invierno. En tal época moría Osiris a manos de Tifón, y se le figuraba en el círculo del horizonte, con los brazos extendidos, como si estuviese crucificado -postura que originalmente significaba que bendecía, no que padecía sufrimientos. Llorábase anualmente la muerte de Tammuz en Babilonia y en Siria por el equinoccio de primavera, así como también la de Adonis en Siria y Grecia, y la de Attis en Frigia, donde se hacía su efigie "como un hombre clavado con un cordero a sus pies" (11).
Igualmente se solemnizaba en Persia la muerte de Mithra. Y en Grecia la de Baco y Dionisio, que son uno mismo. En México reaparece la misma idea, como de ordinario acompañada de la cruz.
En todos los casos al duelo de la muerte sucedía inmediatamente los regocijos de la resurrección, y a este propósito es interesante observar que el nombre Easter (que es el nombre inglés de la Pascua de resurrección y que se pronuncia Ister) se remonta a la virgen madre del muerto Tammuz: Ishtar (12).
Es también interesante el hecho de que el ayuno que precede a la muerte en el equinoccio primaveral -la Cuaresma moderna- se encuentra en México, Egipto, Persia, Babilonia, Asiria, Asia Menor, y en algunos casos definidamente por cuarenta días (13).
En los Pseudo-Misterios se ponía en drama la historia del Dios Sol, y en los antiguos Misterios el Iniciado constituía su vida con ella: de aquí que los "mitos" solares y los grandes hechos de la Iniciación viniesen a quedar estrechamente enlazados. Por esto cuando el Cristo Maestro llegó a ser el Cristo de los Misterios, las leyendas de los Héroes más antiguos de estos Misterios se agruparon en torno suyo, y de nuevo se aplicaron al último Instructor divino las historias que, como representante del Logos en el Sol, le correspondían.
Entonces el festival de su natalicio se fundió en la fecha inmemorial cuando el Sol nació de la Virgen, cuando a la media noche, las tinieblas del espacio, se llenaron de regocijadas huestes de seres celestiales, y “Muy temprano, muy temprano nació Cristo”.
Cuando se le aplicó la gran leyenda del Sol, fue adoptado el signo del Cordero para Su crucifixión, así como el de la Virgen se habría adoptado para su nacimiento. Hemos visto que el Toro fue consagrado a Mithra y el Pescado a Oannes; por idéntica razón fue el Cordero consagrado a Cristo; era el signo del equinoccio de primavera en el período de la historia en que cruzó el gran círculo del horizonte, en que fue "crucificado en el espacio."
Estos mitos solares, siempre repetidos a través de los siglos, con un Héroe de diferente nombre en cada nueva aparición, no pueden quedar inadvertidos para el hombre estudioso, aunque los ignore, como es natural, el simple devoto; y cuando se les emplea como arma para mutilar o destruir la majestuosa figura de Cristo, hay que hacerles frente, no para negar los hechos sino para comprender el significado más profundo de las narraciones: las verdades espirituales que las leyendas expresan bajo su velo.
¿Por qué se han mezclado estas leyendas con la historia de Jesús, condensándose en torno suyo como personaje histórico? Son éstas, en realidad, narraciones que no incumben de modo particular a un individuo llamado Jesús, sino que pertenecen al Cristo universal, a un Hombre que simbolizaba a un Ser Divino y que representaba una verdad fundamental de la Naturaleza; a un Hombre que cumplió cierto cometido y tuvo una posición característica respecto de la humanidad, guardando con ella especial parentesco, renovando una edad tras otra, conforme las generaciones sucedían a las generaciones y las razas daban lugar a otras razas. De aquí que Cristo, como todos los otros, fuese el "Hijo del Hombre", título peculiar y distintivo, el título de un cargo, no de un individuo.
El Cristo del Mito Solar fue el Cristo de los Misterios; y así encontramos el secreto del Cristo mítico en el Cristo místico.




Notas del presente post:
(1) Vol. II, Justino Mártir, Apología Primera, párrafos LIV, LXII y LXVI.
(2) Ibid, Apología Segunda, pár. XIII.
(3) Vol. VII, Tertuliano. Sobre el Bautismo, cap. V.
(4) El lector estudioso puede ver la narración de la "Cueva" y de sus habitantes de
Platón, teniendo presente que era un Iniciado. República, lib. VII.
(5) Eliphas Levi. The Mysteries of Magic, pág. 48.
(6) Bonwick. Egyptian Belief, pág. 157. Citado en Great Law, página 26, por
Williamson.
(7) La festividad "Natalis Solis Invicti", natalicio del Sol Invencible.
(8) Williamson. The Great Law, págs. 40-42. Los que deseen estudiar este asunto de las
Religiones Comparadas, no pueden hacer nada mejor que leer The Great Law, cuyo
autor es profundamente religioso y cristiano.
(9) Ibid. págs. 36-37.
(10) The Great Law, pág. 116.
(11) Ibid, pág. 58.
(12) Ibid, pág. 56.
(13) The Great Law, págs. 120-123.


v.a. Annie Besant

sábado, 5 de diciembre de 2009

Cristología Gnóstica: El Cristo Histórico



Nunca insistiremos lo bastante en afirmar que el Cristianismo tiene que ganar y nada que perder, añadiendo a la fe y a la virtud el conocimiento, conforme lo ordenaron los Apóstoles (1). Temen los hombres que el Cristianismo se debilite si se le mira a la luz de la razón, y consideran "peligroso" el admitir que los sucesos que se han considerado históricos, tienen el alcance más profundo de un significado mítico o místico. Pero es al contrario, pues se fortalece; y el que así lo estudia, ve con alegría que la perla de gran valor brilla con una luz más clara y más pura, cuando se la despoja de la cubierta de ignorancia, y saltan a la vista sus múltiples matices.
Hay al presente dos escuelas, diametralmente opuestas, que sostienen una contienda acerca de la historia del gran Maestro hebreo. Según una, los relatos de su vida sólo contienen mitos y leyendas creados para explicar fenómenos naturales: restos de un método pintoresco de enseñanza de ciertos hechos de la Naturaleza, encaminado a imprimir en las mentes incultas determinadas clasificaciones de acontecimientos naturales, importantes en sí mismos, y que se prestaban a la educación moral. Forman los que así opinan; una escuela bien definida, en la que figuran hombres de gran erudición y elevado entendimiento, en derredor de los cuales se amontona una turba menos instruida, que se pronuncia con cruda vehemencia, aportando las teorías más destructoras.
A esta escuela se opone la de los cristianos ortodoxos, que sostienen que la vida entera de Jesús es histórica, sin mezcla de leyendas ni de mitos. Afirman que se trata de la historia de un hombre que nació hace diecinueve siglos en Palestina, y que pasó por todas las vicisitudes y acontecimientos expresados en los Evangelios, sin que la narración tenga otro significado que el de una vida divina y humana.
Están, pues, las dos escuelas en completo antagonismo, asegurando la una que todo es leyenda, y declarando la otra que todo es historia. Median entre ellas pensadores de muchos y diversos matices, que en general son llamados "librepensadores", los cuales consideran la narración de aquella vida, legendaria en parte, y en parte histórica, pero no ofrecen método alguno definido y racional de interpretación, ni alguna explicación adecuada del complicado conjunto. Y asimismo encontramos dentro de la comunión cristiana un número considerable y siempre creciente de fieles y devotos creyentes, cuya inteligencia es refinada, su fe ardiente y sus aspiraciones sinceramente religiosas, y que ven en la narración de los Evangelios algo más que la historia de un solo y particular Hombre Divino. Al defender su posición, en lo que se refiere a las escrituras recibidas, declaran que la historia de Cristo tiene un sentido más profundo y trascendental que el que aparece en la superficie, y aún sosteniendo el carácter histórico de Jesús, afirman que EL CRISTO es más que el hombre Jesús, y que tiene un significado místico. En su apoyo mencionan frases tales como la de San Pablo, donde dice: "Hijitos míos que vuelvo otra vez a estar de parto de vosotros hasta que Cristo sea formado en vosotros" (2); y es notorio, en verdad, que en este pasaje no pudo referirse San Pablo a un Jesús histórico, sino a cierta florescencia del alma humana, que para él constituía la formación de Cristo en ella. Este mismo maestro declara también que, aunque había conocido a Cristo según la carne, en adelante no volvería a conocerle más así (3); con lo que sin duda daba a entender que, si bien reconocía al Cristo de carne -a Jesús-, había alcanzado, sin embargo, un punto de vista más alto, desde el cual el Cristo histórico le aparecía en la penumbra.
Este es el punto de vista tras el que andan muchos en estos nuestros tiempos; suspensos frente a los hechos puestos en claro por la Mitología Comparada, perplejos a la vista de las contradicciones contenidas en los Evangelios y confundidos al reconocer su incapacidad para resolver tales problemas, mientras permanezcan ligados al mero superficial sentido de las Sagradas Escrituras, gritan desesperadamente proclamando que la letra mata y que sólo el espíritu vivifica; y, entretanto, ponen todo su esfuerzo en rastrear algún significado amplio y profundo en una narración tan antigua como las religiones del mundo, y centro y vida de cada una de ellas, conforme han ido apareciendo. Estos asendereados pensadores, demasiadamente indefinidos y desligados entre sí para que pueda considerárseles formando escuela, tienden una mano a los que juzgan que todo es leyenda, sugiriéndoles la aceptación de una base histórica; la otra tienden a sus compañeros cristianos, avisándoles del peligro que corren, y que aumenta por días, de que se pierda por completo el sentido espiritual, si continúan apegados a la mera significación literal, indefendible ya frente a los conocimientos invasores de la edad en que vivimos. Hay peligro de que se pierda "la historia del Cristo", juntamente con la idea del Cristo, que ha sido la inspiradora y ha servido de arrimo, así en Oriente como en Occidente, a millones de almas nobles, sean cuales fueren los nombres con que al Cristo se conozca y las formas en que se le adore. Sí, se corre el riesgo de que la perla de gran precio se escape de nuestras manos, y quede el hombre por siempre más pobre.
Para desvanecer el peligro, es necesario desenredar los diferentes hilos de la historia del Cristo y colocarlos uno al lado de otro con la debida separación: el hilo de la historia, el hilo de la leyenda, el hilo del misticismo. Los tres fueron torcidos en una sola cuerda, para confusión de los hombres pensadores; mas, al desenredarlos, nos encontramos con que la narración se hace más valiosa con el conocimiento que se le añade; y mientras más clara sea la luz que se arroje sobre ella, tanto mayor será su belleza, como pasa con todo lo que tiene la verdad por fundamento.
Estudiaremos primero el Cristo histórico, después el Cristo mítico. Y en tercer lugar el Cristo místico, y veremos que al Jesucristo de las Iglesias lo forman elementos sacados de todos ellos. Todos entran en la composición de la grandiosa y patética figura que domina los pensamientos y emociones de la Cristiandad: el hombre de las amarguras, el Salvador del mundo, el amoroso Señor del género humano.

EL CRISTO HISTÓRICO O JESÚS EL SANAODOR y EL MAESTRO
El hilo de la narración histórica de la vida de Jesús puede desenredarse sin gran dificultad de los demás con que se halla entretejido. Para este estudio debemos utilizar la ayuda que pueden prestarnos esos anales del pasado que son capaces de comprobar las personas experimentadas en su averiguación, anales de los que se han extraído y publicado ciertos detalles relativos al Maestro hebreo, por H. P. Blavatsky y por otros peritos en la investigación oculta. Ahora bien; esta palabra "perito", con relación al Ocultismo, es a propósito para suscitar una recusación en el ánimo de muchos. Sin embargo, sólo indica una persona que por sus estudios especiales y por su especial educación, ha acumulado conocimientos especiales también y ha desarrollado facultades o poderes que le permiten emitir una opinión, fundada en su propio conocimiento individual sobre el asunto de que se trata. Así como calificamos a Huxley de perito en biología, al Mayor Wrangler de perito en matemáticas, y a Lyell de perito en geología, de igual modo podremos muy bien llamar perito en Ocultismo al individuo que, por haber primero dominado intelectualmente ciertas teorías fundamentales de la constitución del hombre y del universo, y por haber después desarrollado en sí mismo ciertos poderes que están latentes en todos los hombres -y que pueden desenvolverse por los que se dedican a estudios apropiados-, adquiere facultades que le ponen de manifiesto los procesos más obscuros de la Naturaleza. Así como un hombre puede nacer con disposiciones para las matemáticas, y, ejercitándolas año tras año, puede aumentar enormemente su aptitud, asimismo puede nacer un hombre con ciertas facultades que corresponden al Alma, las cuales le es dado desarrollar por medio de la educación y de la disciplina. Si después de desarrolladas, las aplica al estudio del mundo invisible, este individuo llega a ser perito en la Ciencia Oculta, y puede, a voluntad, pasar revista a los anales a que antes me he referido. Semejante revista se halla tan fuera del alcance del hombre vulgar, como lo está un libro escrito con los símbolos de las altas matemáticas, respecto a los profanos en tales ciencias.
Nada hay exclusivo en el conocimiento, salvo en lo que toda ciencia es exclusiva; los que nacen con una facultad y la educan, pueden dominar la ciencia que le sea apropiada, al paso que los que vienen a la vida sin facultad alguna o los que, poseyéndola, no la desarrollan, tienen que contentarse con permanecer ignorantes. Estas son las reglas para obtener el conocimiento en todo: lo mismo en Ocultismo que en cualquiera otra ciencia.
Los anales ocultos, en parte confirman la narración de los Evangelios y en parte no; nos muestran la vida de Jesús, y de este modo nos facilitan el separarla de los mitos que con ella están entrelazados.
El niño, cuyo nombre judío se ha transformado en el de Jesús-Habesora Hatova Shel Yeshua o Yeshua Ben Pandhirá- nació en Palestina 105 años antes de nuestra Era, siendo cónsules Publio Rutilio Rufo y Gnae Mallio Máximo.
Sus padres, de linaje distinguido, aunque pobres, le educaron en el conocimiento de las Escrituras hebreas. Mas su ferviente devoción y su gravedad, que no emparejaba con sus años, resolvieron a aquéllos a dedicarle a la vida religiosa y ascética; y como poco después, en una visita que hizo a Jerusalén, mostrase su extraordinaria inteligencia y su afán de saber, yendo en busca de los doctores del templo, le enviaron a adquirir la enseñanza de una comunidad de esenios que habitaba el desierto meridional de Judea. A la edad de diecinueve años entró en el monasterio esenio situado en las proximidades del Monte Serbal, instituto muy visitado por los sabios que desde Persia y la India iban a Egipto, y donde existía una magnífica biblioteca de obras ocultas, hindúes muchas de ellas, de las regiones más allá del Himalaya. Desde este lugar de místico saber, pasó más tarde a Egipto. Había sido plenamente instruido en las doctrinas secretas que constituían entre los esenios la verdadera fuente de vida; y en Egipto fue iniciado como discípulo de esa sublime Logia de donde salen los Fundadores de todas las grandes religiones, pues Egipto ha seguido siendo uno de los grandes centros que hay en el mundo, para la guardia de los Misterios verdaderos de los cuales sólo son débiles y lejanos ref1ejos todos los Misterios semi-públicos. Los Misterios históricamente calificados de egipcios eran sombras de los asuntos de que realmente se trataba "en la Montaña", y allí fue consagrado el joven hebreo de un modo solemne que le preparó para el Sacerdocio Regio, a que llegó más tarde. Era su pureza tan sobrehumana y tan grande su devoción, que en su edad viril, llena de gracia, aventajaba con mucho a los severos y algún tanto fanáticos ascetas con quienes se había educado, derramando entre los adustos judíos que le rodeaban, la fragancia de una sabiduría suave y tierna, como rosal que plantado por modo extraño en un desierto, esparciera sus perfumes sobre la estéril llanura. La majestuosa gracia y hermosura de su nítida pureza formaban en torno suyo radiante aureola, y sus cortas palabras, dulces y amorosas, despertaban aún en los más duros temporal gentileza, y en los más rígidos pasajera ternura. Así vivió veintinueve años de vida mortal, creciendo de gracia en gracia.
Con pureza y devoción tan sobrehumanas, estaba en condiciones para servir de templo a un Poder más elevado, para ser la morada de una Presencia poderosa. Había sonado la hora de que se realizase una de las Manifestaciones Divinas que de tiempo en tiempo vienen en auxilio de la humanidad, cuando -para apresurar la evolución espiritual se necesita un nuevo impulso, cuando la Aurora de una nueva civilización va a despuntar.
Estaba entonces el mundo occidental en la matriz del tiempo, a punto de nacer, y estaba la súper-raza teutónica dispuesta a empuñar el cetro del imperio que se caía de las manos trémulas de Roma; pero antes que emprendiese su jornada, debía aparecer un Salvador del Mundo y colocarse junto a la cuna del Hércules niño y bendecirlo.
Un poderoso "Hijo de Dios" debía encarnar en la tierra, un Instructor supremo, "lleno de gracia y de verdad" (4), que poseía la Sabiduría Divina en su más plena medida, que era en realidad "el Verbo" encarnado, Luz y Vida desbordadas, Fuente positiva de Aguas vivas. Señor de Compasión y de Sabiduría -éste era Su nombre-, que desde Sus estancias en los Lugares Ocultos bajó al mundo de los hombres.
Mas necesitaba un tabernáculo terrestre, una forma humana, el cuerpo de un hombre. ¿Quién más a propósito para ceder su cuerpo con voluntad y alegría, en servicio de Uno ante el cual ángeles y hombres se humillaban con la más profunda reverencia, que este hebreo, el más noble y puro entre "los Perfectos", cuyo cuerpo y alma inmaculados eran lo mejor que la humanidad podía ofrecer? El hombre Jesús se entregó voluntario al sacrificio, "se ofreció sin mancha" al amante Señor, que tomó para sí aquella forma pura como tabernáculo, y vivió en ella tres años de vida mortal.
En las tradiciones contenidos en los Evangelios se encuentra esta época señalada por el Bautismo de Jesús, cuando se vio al Espíritu "que descendió del cielo como paloma y reposó sobre El" (5), y una voz celestial le proclamó el Hijo muy amado a quien los hombres debían prestar oído. Y era él, en verdad, el Hijo amado en quien el Padre tiene su complacencia (6) ; y desde entonces "comenzó Jesús a predicar" (7), y fue aquel grande misterio: "Dios se ha manifestado en la carne" (8). Mas no fue único en ser Dios, porque: "¿No está escrito en vuestra ley; Yo dije, Dioses sois? Si dijo Dioses a aquellos a quienes fue dada la palabra de Dios, y la escritura no puede ser quebrantada, ¿a mí, a quien el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?" (9). De cierto, todos los hombres son Dioses por el Espíritu que llevan dentro; pero no en todos está manifestado el Dios supremo como lo estaba en aquel su muy amado Hijo.
Esta Presencia manifestada puede llamarse correctamente "el Cristo," Ella fue quien vivió y anduvo por las colinas y llanuras de Palestina, bajo la forma del hombre Jesús, enseñando, curando enfermos y reuniendo en torno suyo como discípulos algunas almas más desarrolladas. El encanto extraordinario de Su Amor Real, que irradiaba de Sí como el Sol sus rayos, atraía a Su lado a los que sufrían, a los fatigados, a los oprimidos; y la magia tierna y penetrante de Su gentil sabiduría purificaba, dulcificaba y ennoblecía aquellas vidas que se ponían en contacto con la Suya. Enseñaba con parábolas y luminosas imágenes a las ignorantes multitudes que alrededor de Él se apiñaban, y, haciendo uso de las facultades del Espíritu en libertad, sanaba muchos enfermos con la palabra y el tacto, multiplicando las energías magnéticas de Su cuerpo puro con la fuerza impulsiva de Su vida interna. Rechazáronle Sus hermanos esenios, entre los cuales trabajó al principio, porque comunicaba a las gentes la sabiduría espiritual -en la historia de la tentación están sintetizados los argumentos empleados en contra de Su vida dedicada a una obra de amor-, la sabiduría espiritual que ellos guardaban con orgullo como su secreto tesoro, y porque su amor anchísimo, dirigido siempre al Yo Divino – al Real Ser Interno-, presente así en los elevados como en los humildes, atraía dentro de su esfera a los degradados ya los proscriptos. Por esto vio muy pronto cómo se condensaban sobre Su cabeza las negras nubes de la sospecha y del odio. Los instructores y gobernantes de Su nación vinieron presto a mirarle con celos y rabia; Su espiritualidad era la constante censura de su materialismo; Su poder, la continua, aunque muda, prueba de su impotencia. Tres años habían transcurrido apenas de Su bautismo, cuando estalló la tempestad que venía formándose, y el cuerpo humano de Jesús sufrió castigo por llevar en sí la gloriosa Presencia de un Instructor sobrehumano.
El pequeño círculo de discípulos escogidos que había elegido como guardadores de 'Su enseñanza, fue privado así de la presencia física de su Maestro, antes que le fuese dado asimilarse Sus instrucciones; pero eran ellos almas avanzadas de elevado tipo, aparejados para el aprendizaje de la Sabiduría, y aptos para transmitirla a hombres de menores vuelos. Entre todos, el más abierto a la enseñanza fue aquel "discípulo que Jesús amaba", joven, entusiasta, ferviente, profundamente devoto de su Maestro y coparticipe de Su espíritu de amor amplísimo. En la centuria que siguió a la desaparición de Cristo del mundo físico, fue el representante de la devoción mística que va tras el éxtasis, tras la visión divina, tras la unión con lo Supremo; mientras que el último gran Apóstol, San Pablo, representó el aspecto de la Sabiduría de los Misterios.
El Maestro no olvidó la promesa que les hizo de venir a ellos después que el mundo hubiese dejado de verle (10), y por más de cincuenta años les estuvo visitando con Su cuerpo sutil espiritual, prosiguiendo las enseñanzas que había comenzado cuando entre ellos vivía, y adoctrinándolos en el conocimiento de las verdades ocultas. Ellos vivieron bastante tiempo reunidos en un lugar apartado de los confines de Judea, sin llamar la atención entre las muchas comunidades aparentemente similares de aquel entonces.
Estudiaban las profundas verdades que El les enseñaba, y adquirían "los dones del Espíritu”.
Estas instrucciones íntimas, comenzadas en su vida física y continuadas después de abandonado el cuerpo constituyeron el fundamento de los "Misterios de Jesús", que hemos visto en la historia de la Iglesia primitiva, y que formaron su vida interna: núcleo a que se fueron adhiriendo los materiales heterogéneos que al cabo formaron al Cristianismo eclesiástico.
En el notable fragmento, llamado Pistis Sophia, figura un documento del mayor interés, el cual se refiere a la enseñanza oculta, y está escrito por el famoso Valentino. En él se dice que las lecciones de Jesús a sus discípulos llegaron en los once años que siguieron a Su muerte, tan sólo a "las regiones de los primeros estatutos, al primer misterio dentro del velo (11).
Hasta entonces no habían aprendido la distribución de los órdenes angélicos, de lo cual habla en parte Ignacio (12). Después Jesús, estando "en la Montaña" con Sus discípulos, que recibieron Su Vestidura mística, el conocimiento de todas las regiones y las Palabras de Poder para entrar en ellas, les enseñó más aún, prometiéndoles: “Yo os perfeccionaré en toda la perfección, desde los misterios del interior a los misterios del exterior; yo os colmaré de Espíritu de suerte que seáis llamados espirituales, perfectos en todas las perfecciones" (13) y los instruyó acerca de lo que era Sophia, la Sabiduría, y de su caída en la materia, en su intento de elevarse a lo más Alto, y de sus clamores a la Luz en quien había puesto su confianza, y del envío de Jesús para redimirla del caos, y de su coronación con la luz de Aquél, y de su liberación de la servidumbre. Y aún siguió más adelante, hablándoles del más elevado Misterio, el inefable, el más sencillo y claro de todos, aunque el más alto, el que sólo debía ser conocido de aquel que renunciare el mundo de un modo completo (14); por este conocimiento los hombres ,se convertían en Cristos, pues tales "hombres son yo mismo, y yo soy esos hombres", pues Cristo es ese Misterio más elevado (15).
Conocimiento de que los hombres son transformados en pura luz y llevados dentro de la luz” (16). Y celebró para ellos la gran ceremonia de la Iniciación, el bautismo, "que conduce a la región de la verdad ya la región de la luz", y les mandó celebrarlo para otros que fuesen dignos: "Pero ocultad este misterio, no lo comuniquéis a todos, sino a aquellos solamente que hagan todas las cosas que os he señalado en mis prescripciones" (17).
Después de esto, los apóstoles, instruidos por completo, salieron a predicar, ayudados siempre de su Maestro.
Además, tanto ellos mismos como sus primitivos compañeros, trasladaron de su memoria a la escritura todos los discursos públicos y las parábolas que a su Maestro habían oído, y de igual modo, reuniendo con gran cuidado todas las noticias que pudieron recoger, las pusieron por escrito y las hicieron circular entre los que se iban adhiriendo a su pequeña comunidad. Formáronse varias colecciones, escribiendo cada cual lo que recordaba, y añadiendo lo más selecto de los relatos de los demás. Las enseñanzas íntimas dadas por Cristo a Sus elegidos, no se escribieron, sino que fueron transmitidas oralmente a los dignos de recibirlas, a discípulos constituidos en pequeñas comunidades para hacer vida retirada, aunque siempre en contacto con el cuerpo central.
Es, pues, el Cristo histórico un Ser glorioso que forma parte de la gran jerarquía cuyo cometido es guiar la evolución espiritual de la humanidad; el cual ocupó por espacio de tres años enseñando públicamente por toda la Jadea y Samaria, curó enfermos, llevó a cabo obras ocultas señaladas, y reunió en torno Suyo una pequeña agrupación de discípulos a quienes comunicó las verdades más profundas de la vida del espíritu, y con rara ternura, singular amor y preciosa sabiduría conquistó los ánimos de las gentes, y acabó su carrera terrestre muriendo como blasfemo, que tal fue considerado, por la honda doctrina de la Divinidad. inherente a Sí mismo y a todos los hombres, que predicara. Vino a dar al mundo un nuevo impulso de vida espiritual, a resucitar las íntimas enseñanzas referentes a esta vida, a apuntar de nuevo al antiguo estrecho sendero; a proclamar la existencia del "Reino de los Cielos", de la Iniciación, que da acceso al conocimiento de Dios que es vida eterna, ya dar entrada en este Reino a unos pocos capaces de ser maestros. Alrededor de esta Figura gloriosa se acumularon los mitos que la enlazaban con la larga serie de Sus predecesores, mitos alegóricos de sus vidas, que simbolizan la obra del Logos en el Kosmos y la evolución superior del alma individual humana.
Mas no se crea que la labor del Cristo en pro de Sus seguidores quedó terminada con el establecimiento de los Misterios, ni que se limitara a aparecer en ellos rara vez. Aquella Poderosa Entidad que usó del cuerpo de Jesús como vehículo, y cuya solicitud tutelar abarca toda la evolución espiritual de la quinta raza humana, dejó a cargo del santo discípulo que le había provisto de cuerpo, el cuidar de la Iglesia naciente. Jesús, habiendo dado cima a su evolución humana, "llegó a ser uno de los Maestros de Sabiduría y, habiendo aceptado el encargo especial de la Cristiandad, procura siempre guiarla por derecho derrotero y escudarla y protegerla y proveerla de alimento. El fue el Hierofante de los Misterios Cristianos, el Instructor directo de los Iniciados. Suya fue la inspiración que mantuvo viva la Gnosis en la Iglesia, hasta que la flotante masa de ignorancia llegó a tener tal magnitud, que ahogó la llama aún aventada por Su poderoso aliento. Suya fue la paciente labor que reforzó un alma tras otra para resistir la lobreguez de las tinieblas, y alimentar dentro de sí la chispa de la aspiración mística, el anhelo en buscar el Dios escondido.
Suyo fue el continuo imprimir la verdad en todo cerebro preparado para ella, de modo que la antorcha del conocimiento pasase de mano en mano a través de los siglos sin que jamás se extinguiese. Suya era la Figura enhiesta detrás del tormento y de las llamas, que alentaba a Sus confesores ya Sus mártires, y suavizaba las angustias de su muerte y colmaba de paz sus corazones. Suyo el impulso expresado en la voz de trueno de Savonarola, en la sabiduría sosegada de Erasmo, en la ética profunda del teomaníaco Spinosa. Suya la energía de Roger Bacon, de Galileo y de Paracelso en sus investigaciones de la Naturaleza. Suya la belleza que sedujo a Fra Angelico, a Rafael y a Leonardo da Vinci, que inspiró el genio de Miguel Ángel, que brilló ante los ojos de Murillo, que comunicó el poder de erigir las maravillas del Duomo de Milán, de San Marcos de Venecia y de la Catedral de Florencia, las sonatas de Beethoven, los oratorios de Haendel, las fugas de Bach, el austero esplendor de Brahms. Suya la Presencia que animaba a los solitarios místicos, a los perseguidos ocultistas, a los pacientes investigadores de la verdad. El fue siempre el que por la persuasión o por la amenaza, por la elocuencia de San Francisco de Asís o por los sarcasmos de Voltaire, por la dulce sumisión de Tomás de Kempis o por la ruda virilidad de Lutero, trató de instruir o despertar a los hombres, de ganarlos a la santidad o de fustigarlos si, sordos, permanecían en el mal. En tantos siglos ha trabajado y luchado, y aun llevando encima el enorme peso de las Iglesias, no ha descuidado jamás ni dejado sin consuelo a alma humana que a Él haya acudido. Ahora pone todo su empeño en convertir en beneficio de la Cristiandad parte de la grande oleada de Sabiduría que se está haciendo fluir para renovar el mundo, y busca en las Iglesias quien tenga oídos para oír la Sabiduría, quien responda a su llamamiento de mensajero, para llevarlo a su rebaño: “Aquí estoy; enviadme.”

Notas del presente post:
(1) II, San Pedro I. 5.
(2) Gal., IV, 19.
(3) II, Cor., V, 16.
(4) San Juan I, 14.
(5) Ibid, I. 32.
(6) S. Mateo III, 17.
(7) Ibid, IV, 17.
(8) I. Timoteo III, 16.
(9) S. Juan X, 34-36.
(10) S. Juan XIV, 18, 19.
(11) Valentino. Trad. por G. R. S. Mead. Pistis Sophia, lib. I, I.
(12) Antes, pág. 52
(13) Antes, 60.
(14) Ibid, lib. II, 218.
(15) Ibid, 230.
(16) Ibid, 357.
(17) Ibid, 377.

Por: v:.a:.Annie Bessant